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Hechos y Crónicas - abril 2007 |
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El padre Nicolás ya nunca
más fue igual
Por Carlos Pulgarín*
pulgarin@elredentor.com
La vida de Nicolás Cabello, sacerdote católico que ejerció su ministerio por
17 años en México y en el sur del Valle de Texas, en Estados Unidos, nunca
más fue igual. Cristo le dio lo que él había intentado conseguir a través de
muchos años de estudio, de filosofía y teología, incluso en el alcohol,
Jesús transformó su corazón y le hizo una criatura
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nueva. Los ritos, los dogmas y la tradición lo tenían bajo esclavitud,
pero conoció la Verdad y la verdad le hizo libre. Luego de muchas luchas
y de enfrentar persecución, hoy sirve al Señor como pastor de una
iglesia cristiana en Edinburg, TX.
Su vida comenzó mal. Nació en San Miguel de Allende, Guanajuato. Fue
abandonado por su padre desde antes de nacer. Creció en un ambiente
hostil, en Ciudad de México, sin conocer a su progenitor y sin los
debidos cuidados de su madre que luchaba por ganar la comida de cada día
en una venta de mercado. En ese entorno aprendió a convivir con la
miseria, con la ley del más fuerte en la calle, su infancia transcurrió
rodeado de héroes del crimen, la droga y el sexo.
Después de haber tocado fondo, su única tabla de salvación fue el
Seminario Católico de San Miguel de Allende. Esta vez regresó a su
tierra natal para iniciar estudios y buscarle un rumbo diferente a su
vida, a este sitio llegó gracias al padrinazgo de un sacerdote de su
colonia.
En el seminario buscó refugio en la música, la filosofía y los idiomas.
Corría el año 1962 y se desarrollaba el Concilio Vaticano Segundo.
Muchas ideas eran frescas otras no tanto. Luego, con una beca especial,
y gracias a sus méritos académicos, fue enviado a la Arquidiócesis de
Morelia.
¿Pero qué motivó a un joven sin destino, sin futuro, sumido en el
olvido, en la violencia, a buscar una salida en el seminario católico?
La respuesta brota de los labios del hermano Nicolás como si toda la
vida hubiera estado esperando para desahogarse, y sin muchos rodeos
dice: “Realmente, en el fondo, yo quería cambiar, dejar atrás aquel modo
de vivir rodeado de miseria y maldad”.
Más adelante se dio cuenta que el evangelio de Juan en el capítulo 3 y
versículo 3 decía que había que nacer de nuevo. Y esa idea toco su mente
y su corazón, no obstante su vida siguió con la mirada puesta en
alcanzar la meta: terminar los estudios y llegar a ser un profesional
respetado. Buscaba una posición ascendente en la escala social que le
compensara por las desdichas vividas durante su infancia.
De alguna manera el Vaticano Segundo, las palabras de Juan XXIII y luego
las de Pablo VI, calaron en la mente del joven seminarista. Al interior
del seminario encontró un ambiente de reforma, de renovación, que
invitaba a dejar la ventana abierta al Espíritu Santo para que le diera
aire fresco al catolicismo.
En 1975 se ordenó como sacerdote. Más tarde se daría cuenta de que era
una vida de contradicciones y de sinsabores, de temores y de miedos, de
celos y contiendas, de orgullo y vanagloria. Un refugio, un vacío
interno, una ansiedad constante. Ejerciendo el sacerdocio católico supo
que tenía religión, pero no tenía a Cristo.
El día en que fue ordenado como sacerdote, y luego de la ceremonia
oficial y de la recepción de rigor, Nicolás decidió continuar la fiesta
por cuenta propia y volvió a caer en los brazos del alcohol, ese
fantasma que lo perseguía y destruía sus ilusiones. Al día siguiente no
pudo oficiar misa debido a los estragos del licor. Al salir del
seminario su vida exterior había cambiado, pero su interior naufragaba
en un mar tempestuoso de orgullo y soledad.
En medio de altos y bajos, ejerció su ministerio en una parroquia en San
Miguel de Allende por más de un año. Sin embargo, gracias a sus
habilidades con los idiomas fue enviado a Texas, en Estados Unidos.
Allí, producto de la nueva cultura y de la presión por la falta del
manejo de un inglés fluido, se enfrentó a cuadros depresivos fuertes que
lo hicieron levantar su mirada al cielo.
Escarbando, buscando en las Escrituras esa fuente de la reforma utópica
con la que soñaba, queriendo darle oxígeno a ese mundo de tradiciones y
dogmas se halla nuevamente frente al llamado a nacer de nuevo. “Lo que
es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu,
espíritu es” (Jn. 3:6). El pasaje de Nicodemo y Jesús no lo dejaba
dormir en paz.
Pasaron casi diez años, y después de haber probado en la Renovación
Carismática Católica, y de haber incursionado en la radio y la
televisión, logró alcanzar cierta posición en el sur del Valle de Texas.
Lo curioso es que Nicolás cuenta que antes elaborar sus mensajes
acostumbraba ver los videos de Billy Graham, y copiaba un formato y
estilo parecido para llegar a su audiencia.
“Me gustaban los gestos y la manera como Billy manejaba la cámara. Me
gustaba su estilo sencillo y cautivador para predicar el evangelio. Y
ese estilo me estaba dando resultados a mí”, recuerda el hermano
Nicolás. Todo, las circunstancias, la soledad, el vacío espiritual,
estaban concertando un encuentro entre el sacerdote católico y el Pastor
de pastores, Jesús.
Dios por medio de su Palabra, y usando como único señuelo el amor, la
misericordia, pescó el corazón de Nicolás. “El Señor me sedujo, me
enamoró, me trajo a un encuentro con Él. Como dice Jeremías 20:7 ‘Me
sedujiste, oh Jehová, y fui seducido; más fuerte fuiste que yo, y me
venciste’, ese día me entregué en cuerpo y alma. La Palabra de Dios
cumplió su cometido y no regresó vacía”, recuerda.
Después de haber recibido en secreto a Cristo en su corazón, Nicolás
siguió ejerciendo su ministerio en la iglesia católica. Cambió la
homilía fría por un sermón cargado de poder y autoridad. La eucaristía
dejó de tener un valor real-literal como el cuerpo y la sangre de Cristo
(transustanciación) para convertirse en un acto conmemorativo. Empezaron
a aparecer nuevos testamentos en las bancas de la iglesia. Pero sus
feligreses notaron mucho más el cambio cuando comenzó a invitarlos a
leer la Biblia y a buscar a una relación personal con Jesús, el camino,
la verdad y la vida. Repetía una y otra vez: “Sólo en Cristo hay
salvación”.
Calificativos como el “padre aleluya”, el “padrecito protestante”
dejaron al descubierto que ya no era el mismo. El padre Nicolás había
nacido de nuevo y sus frutos estaban delatando su nueva posición en
Cristo. Al final, tomó la decisión de abandonar la iglesia católica, fue
al Río Grande Bible Institute, en Edinburg, en donde estudió por tres
años. Ahora está felizmente casado, ejerce su ministerio pastoral en el
Sur del Valle de Texas y colabora con Radio Esperanza. Su labor
ministerial con los inmigrantes lo ha llevado a traer a muchos católicos
a un encuentro personal con Cristo. Las críticas y la persecución no han
faltado, pero Dios es quien da la victoria.
Te invitamos a que nos escribas a
pastor@elredentor.com o a
pulgarin@elredentor.com o llámanos a nuestras oficinas en
Vancouver, BC, Canadá, al teléfono: 604.659.4225. Bendiciones.
*Carlos Pulgarín cursa Estudios Bíblicos y de Teología en Río Grande
Bible Institute (Edinburg, Texas). Fue Asistente General del Tabernáculo
Bíblico Bautista El Redentor y maestro de Escuela Dominical de la misma
iglesia, ex director y cofundador del periódico La Palabra y colaborador
de Radio Bautista (Vancouver, BC, Canadá). Es licenciado en Comunicación
Social y Periodismo (Colombia), trabajó por más de 10 años en diferentes
diarios de Latinoamérica. |
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