más de 500 años: alineándonos con los ricos y compadeciéndonos de los pobres? ¿En este siglo y medio de desarrollo cristiano evangélico hemos venido construyendo una teología regional sistematizada o solamente se han dado esfuerzos aislados? Todas estas preguntas ameritan respuestas
El modo de pensar en Latinoamérica está marcado por el pensamiento
feudal (castas, clases y privilegios sociales) que caracterizó a
nuestros conquistadores, en el cual la promoción era por lo que se tenía
y no por las competencias individuales. Aún en nuestra sociedad
contemporánea se refleja el modelo anacrónico español de esa época:
siguen siendo aún más importantes los títulos nobiliarios, los apellidos
y el poder económico que las habilidades que un individuo en particular
pueda poseer. El poder político se desprende del poder económico.
Nuestra clase dirigente es la misma, sólo que representada en nuevas
generaciones. En últimas, nos siguen dando más de lo mismo.
En contraposición, y de manera tardía, algunos buscaron aplicar a la
teología el concepto de la lucha de clases, bajo un sugestivo rótulo
“Teología de la liberación”. A mi modo de ver el remedio, en este caso,
resultó peor que la enfermedad. Si bien es cierto que la iglesia tiene
una profunda deuda social con Latinoamérica, no lo es menos el hecho de
que acudir a todas las formas de lucha (incluyendo las armas, la
violencia) no hace otra cosa que convalidar la vieja máxima de que el
fin justifica de los medios, y enraizar los odios y los rencores y no la
reconciliación a la que nos llamó Jesús. Recordemos que nuestro
derrotero está marcado por los principios bíblicos, mas que por la ética
situacional.
Jesucristo vino a romper con los paradigmas: subvertir el orden
religioso y social, perdonar al enemigo, llamar a la reconciliación,
convivir con publicanos y pecadores. La orden de ir hasta lo último de
la tierra llevando el mensaje de salvación, haciendo discípulos y
enseñándoles todas las cosas que el Maestro enseñó (la fe, la esperanza
y el amor), el mandamiento de hacer a otros (el prójimo) lo mismo que
queremos que nos hagan a nosotros siguen estando vigentes.
El mensaje de Jesucristo es una ‘revolución’ pacífica, una Palabra que
transforma, una ‘revolución’ que se levanta contra los sistemas
preestablecidos que buscan devorar al hermano e irrespetan la dignidad
humana. El mensaje de Jesucristo se levanta contra la hipocresía
burocrática y el egoísmo estatal. En contraste, el mensaje amoroso del
Salvador invita también a orar por los que están en las esferas de
poder.
El doctor Juan A. Mackay a través de su experiencia como teólogo,
educador y misionólogo, nos habla acerca del Cristo que no nos mostraron
los conquistadores, ese Cristo que se quedó entre los místicos
españoles, y que muy tardíamente llegó a Latinoamérica. “¿El que hace
que los hombres no estén satisfechos con la vida tal cual ésta es, y con
las cosas tal como son, y que les dice que, por medio de él, la vida
será transformada, y el mundo será vencido y sus seguidores serán
puestos de acuerdo con la realidad, con Dios y con la verdad?”. Este es
el tema de Mackay en su libro ‘El otro Cristo español’.
La iglesia debe interesarse por la ayuda social con propósito. Esto nos
lleva a pensar que no es mero humanismo, pues la medicina para el
enfermo, la comida para el hambriento, la ropa para el desnudo, la
educación para el que no la tiene, no es otra cosa que la religión sin
mácula de la que nos habla Santiago (1:27). Pero ese mismo versículo, no
olvidemos, nos invita a guardarnos sin mancha del mundo. Romanos 12:2
nos advierte también que no debemos conformarnos a este siglo y nos
anima a renovar nuestro entendimiento para comprobar la voluntad de Dios
agradable y perfecta.
El propósito de la ayuda social es que el mundo vea a Cristo, quien es
la cabeza de la Iglesia. Brindar solamente ayuda social (humanismo) es
alimentar las necesidades físicas en el tiempo presente para mandarlos
luego a una eternidad al infierno. La ayuda social no es el fin, la
ayuda social es el medio. Sin bien es cierto, que Jesucristo dice que a
través de muchas tribulaciones entraremos al reino de los cielos, hay
que recordar que no es el sufrimiento el que nos lleva a Dios, es su
Hijo Jesucristo el que nos conduce al Padre. El evangelio de Juan nos
recuerda que Jesús, el cordero perfecto, es el camino y la verdad y la
vida.
Latinoamérica no necesita una teología de la liberación que aumente los
odios entre las clases sociales, nuestra región clama, mas bien, por un
cristianismo auténtico que sea sensible a las necesidades del otro, del
vecino, del compañero de trabajo, del que sufre, del que busca y no
encuentra. Que las obras sean el reflejo de nuestra fe. Caminar con
Cristo en el día a día implica ser su voz, sus brazos, sus piernas.
¡Cuánta falta hace voces que proclamen en el desierto de la vida el
reino de Dios! Voces que anuncien su misericordia, su consolación. Dando
de gracia lo que ya hemos recibido de la misma manera.
En un mundo cubierto por tinieblas espirituales, el cristiano está
llamado a compartir la luz de Cristo, a llevar el pan verdadero, el
alimento espiritual imperecedero. La Biblia dice que somos la sal de la
tierra, sal que no solamente preserva sino que además le da sabor y
esperanza a la vida. La Escritura también nos manda a que seamos luz,
verdaderos agentes de cambio. Y somos luz no porque tenemos luz propia,
somos luz porque brillamos con la luz de Jesús.
Los cristianos auténticos, nacidos de nuevo, regenerados por el poder
del Espíritu, deben transmitir un mensaje coherente, siendo hacedores y
no solamente oidores de la Palabra de Dios. El Maestro le dijo a sus
discípulos: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15). Dios
demanda más obediencia y menos sacrificios. Hemos crecido en una cultura
ególatra, una cultura que aún en los recintos cerrados de los templos
hace más énfasis en el bienestar individual que en el colectivo. Pero la
carta de navegación del cristiano (la Biblia) dice que más
bienaventurado es dar que recibir. Y en una propuesta que contrasta
sostiene que “dando es como recibimos”.
Ahora, este dar no se refiere a lo que algunos líderes seudocristianos,
evangelistas de los medios masivos de comunicación, mercaderes de la fe
que negocian con el dolor ajeno, propagan a los cuatro vientos: “siembre
mil dólares y recoja cien mil”, “Dé los 300 dólares de la cuota mensual
del carro y reciba y un vehículo nuevo”. No es de ese dar del que habla
Jesús, es un dar del corazón, es de un dar de rendición de todo lo que
tenemos.
Si aceptamos el mensaje integral del evangelio tendremos que reconocer
que todo lo que tenemos es de Dios, y que Él demanda de sus
administradores eficiencia y eficacia. Buenos siervos dan buenos
rendimientos, bendicen a otros, apoyan la obra misionera y disfrutan de
esos rendimientos mientras viven en la tierra, sin olvidar, claro está,
que nuestra ciudadanía está en los cielos. Dar, compartir, es ser
sensible a las necesidades del otro.
La verdadera libertad no es la que propone la teología de la liberación.
La verdadera libertad es la que se halla en Cristo. El evangelio de Juan
dice: “Y conoceréis la verdad (Jesucristo), y la verdad os hará libres”.
Cristianos aunténticos, libres, que proclaman libertad a otros, es lo
que Latinoamérica y el mundo necesitan. Más amor y menos odios. Más
acción y menos palabras, esa es la clave.
Escríbenos a
pulgarin@elredentor.com o llámanos a nuestras oficinas en Vancouver,
BC, Canadá, teléfono: 604.659.4225. Más información en
http://carlospulgarin.wordpress.com
*Carlos Pulgarín cursa Estudios Bíblicos y de Teología en Río Grande Bible Institute (Edinburg, Texas), es consejero de reclutamiento en esa misma institución y colaborador de Radio Esperanza. Fue Asistente General del Tabernáculo Bíblico Bautista El Redentor y maestro de Escuela Dominical de esa iglesia, ex director y cofundador del periódico La Palabra y colaborador de Radio Bautista (Vancouver, BC, Canadá). Es licenciado en Comunicación Social y Periodismo (Colombia), trabajó por más de 10 años en diferentes diarios de Latinoamérica. |