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Hechos y Crónicas - Diciembre 2007 |
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“Sabes una cosa, Juanito”
Por Carlos Pulgarín*
pulgarin@elredentor.com
Esa tarde Juanito, de 5 años, estaba más
inquieto que de costumbre. Saltaba sobre los muebles, hablaba sin parar y
exigía ver, por adelantado, los regalos de Navidad. Ese 24 de diciembre
había caído nieve desde muy temprano, y los pronósticos del tiempo
anunciaban tormenta en la madrugada del 25 |
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Por fin llegó la hora de ir a la
cama, pero nadie pudo convencer a Juanito de dormir, antes por el
contrario sus ojos estaban abiertos de par en par. Ya cansada de luchar
contra lo imposible, Susana, su madre, hizo un trato con él: le contaría
la historia más maravillosa que jamás hubiera escuchado, la historia del
nacimiento de Jesús, el Mesías, el Salvador de la humanidad.
- Está bien –dijo Juanito--, pero quiero saberlo todo. Y todo es todo
–sentenció.
Su madre respiró profundo, tomó un sorbo de la taza de té, e inició la
narración:
“Mi querido Juanito, desde el Antiguo Testamento ya se había anunciado
el nacimiento de este precioso niño, Jesús. Sobre Él se habían dicho
muchas cosas y tejido muchas historias, pero lo que sucedió en Belén, no
sólo fue el cumplimiento de la promesa de Dios, sino un maravilloso
evento que partiría la historia de la humanidad en dos”, dijo Susana.
Luego de esta introducción Susana estuvo unos minutos en silencio,
pidiendo a Dios dirección sobre la manera en que contaría a su pequeño
hijo la historia de Jesús. Se sentó a un lado de la cama y tomando las
manos de Juanito continuó.
“El profeta Isaías ya había dicho ‘He aquí que la virgen concebirá, y
dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel’, que traducido es ‘Dios
con nosotros’ (Is. 7:14).
“Pero bueno –dijo Susana—sucede que María, una hermosa y pura mujer, fue
escogida para llevar en su vientre al Hijo de Dios. El ángel Gabriel le
anunció lo que iba a suceder y la manera como el poder del Espíritu
Santo la cubriría para que concibiera en su vientre al niño”
- Pero no dicen que a los niños lo trae la cigüeña, ¿entonces cómo así
que a este bebé lo trajo el Espíritu Santo? –protestó Juanito.
Su madre le dijo: “eso te lo explicaré otro día”, lo importante es que
María respondió que ella era la sierva del Señor y que se hiciera la
voluntad de Dios. Y caracterizada por la prudencia, espero hasta que
llegaron los días del alumbramiento”.
Susana hizo una nueva pausa mientras buscaba unos anteojos y una vieja
libreta de apuntes en los que había anotado algunos versículos de la
Biblia.
“Sucede, pues, que el viaje de Nazaret a Belén era largo y fatigoso,
especialmente para María que estaba a punto de dar luz a su hijo. Pero
ni modo, había que ir porque el emperador de Roma ordenó que todos se
trasladasen a su lugar de origen para el censo”.
- Y ¿qué es un censo?, volvió a interrumpir Juanito.
“Es una medición de la población, lo hacen para saber cuántas personas
viven en un lugar. Pero te quedas quietecito y calladito si quieres que
te cuente el resto de la historia, mi amor”.
Susana abrió la Biblia y mientras leía entre líneas siguió describiendo
los hechos, como sólo puede hacerlo una madre: con el corazón.
“Lo cierto, Juanito, es que los viajes en esa época se hacían a pie, no
había carros, buses o aviones. José, el esposo de María, la acompañaba.
El camino era largo, así que para que el trayecto se hiciera más fácil
ellos caminaban durante el día y por la noche buscaban albergue en las
posadas que había a lo largo del camino. María iba montada en un asno.
“Después de varios días de camino, José y María llegaron a Belén, la
ciudad de David, repleta de forasteros que habían llegado también para
ser censados. José buscó albergue en la posada, pero estaba llena. María
iba a dar a luz a su hijo y había que hallar un lugar seguro. José, en
medio del desespero, encontró una cabaña que los pastores usaban
regularmente como establo. Y allí, en ese establo, María dio a luz al
Hijo de Dios.
Para esta parte del relato, Juanito antes que conciliar el sueño lo que
estaba era más despierto que antes y con deseos de saber cómo terminaba
todo. Sus ojitos estaban fijos en el rostro de su madre que gesticulaba
y hacía ademanes cada vez que avanzaba en el relato.
“En ese lugar tan humilde nació el rey del universo, el Hijo del Dios
Altísimo. Hasta el pesebre de esa cabaña llegarían después a adorarle
los pastores del lugar y los magos de Oriente.
“Y sabes una cosa, Juanito, los primeros que llegaron a adorarle fueron
unos humildes pastores. Dice la Biblia que unos cuidadores de rebaños
que pasaban la noche al aire libre vieron una luz brillante y a un ángel
del Señor que les dijo: ‘Os traigo una buena noticia, una noticia que os
alegrará a vosotros y a todo el pueblo. Hoy, en Belén, la ciudad de
David, ha nacido el Salvador, el Mesías anunciado por los profetas. Id a
verlo, lo reconoceréis envuelto en pañales y acostado en un pesebre’.
“Pero el asombro de los pastores y el miedo se cambió por gozo, y dice
la Biblia que un coro de ángeles comenzó a alabar a Dios diciendo:
‘Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena
voluntad’. Y los pastores, pobres y despreciados por algunos habitantes
de esa población, tuvieron el privilegio de ser los primeros en ver a
Jesús. Fueron hasta el pesebre y le adoraron. Dios no hace diferencias
de personas. Ante los ojos de Dios todos somos iguales.
“Juanito, el profeta Isaías ya había dicho: ‘El pueblo que andaba en
tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte,
luz resplandeció sobre ellos’ (Is. 9:2). Y ese Jesús que nació en el
pesebre pagó por nuestros pecados y nos regaló vida eterna.
“Todo el que reconoce su pecado, cree en Jesucristo y le acepta como su
único y suficiente salvador, tiene vida eterna y no vendrá a
condenación, pues ha pasado de muerte a vida. ¿No te parece hermoso, mi
amor, que Dios se haya hecho hombre, haya nacido de una virgen, haya
habitado entre nosotros, haya pagado por nuestros pecados, y nos ame
tanto que su Palabra dice que el que cree en Él aunque esté muerto
vivirá?”.
Susana terminó su relato y volvió su mirada a Juanito que dormía
apaciblemente con una sonrisa en los labios. Afuera el viento y la nieve
producían un frío terrible, pero en la casa de Juanito el amor y el
calor de Cristo transmitían paz esa noche. Esa paz que sobrepasa todo
entendimiento y que sólo Jesús ofrece. Es tiempo de Navidad, es tiempo
de salvación. ¡Dios te bendiga¡
Te invitamos a que nos escribas a
pastor@elredentor.com o a
pulgarin@elredentor.com o llámanos a nuestras oficinas en
Vancouver, BC, Canadá, al teléfono: 604.659.4225. Bendiciones.
*Carlos Pulgarín cursa Estudios Bíblicos y de Teología en Río Grande
Bible Institute (Edinburg, Texas), es consejero de reclutamiento en esa
misma institución y colaborador de Radio Esperanza. Fue Asistente
General del Tabernáculo Bíblico Bautista El Redentor y maestro de
Escuela Dominical de esa iglesia, ex director y cofundador del periódico
La Palabra y colaborador de Radio Bautista (Vancouver, BC, Canadá). Es
licenciado en Comunicación Social y Periodismo (Colombia), trabajó por
más de 10 años en diferentes diarios de Latinoamérica. |
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