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Hechos y Crónicas - enero 2007
Carlos Pulgarin - Hechos y Cronicas
Nuestro compañero de viaje
Por Carlos Pulgarín*
pulgarin@elredentor.com

La iglesia posmoderna está tan afanada en las actividades proselitistas y la vida en comunidad, que ha olvidado el propósito fundamental para el cual fue creada: Glorificar a Dios. El pasado primero de enero mi familia y yo salimos de Vancouver, Canadá, rumbo a Edinburg, Texas, en los Estados Unidos. Un viaje de cinco días en los que Dios fue.
nuestro compañero, vez tras vez nos mostró que está en control si le adoramos y rendimos nuestra vida a Él. Como con el pueblo de Israel en el desierto: de día la nube y de noche la columna de fuego. Cuando tuvimos que cruzar las montañas más peligrosas para un automóvil con sobrecarga como el nuestro, no nevó ni llovió. Y cuando llegamos a las zonas áridas de California y Arizona el clima fresco hizo más agradable la travesía.

Este viaje a Texas sirvió para reflexionar acerca del cuidado, la fidelidad de Dios y la primacía que debe tener Él en nuestras vidas. Sin embargo, no se trata de que dejemos a un lado todas las demás cosas que debemos y tenemos que hacer como cuerpo de Cristo, mas bien lo que enfatiza nuestro Padre es que establezcamos prioridades en las que Él ocupe el lugar que le corresponde: el número uno. Lo demás es el reflejo de nuestro amor a Dios. Lo demás viene por añadidura.

No quiero hacer un recuento de todas las cosas que sucedieron durante el viaje a Texas, pero puedo contarles, por ejemplo, que el segundo día, saliendo de Oregon, estaba bajando las montañas a 80 millas por hora (unos 130 kilómetros), por ratos creo que sobrepasaba esa velocidad, pues el primer día el viaje no nos había rendido mucho y aún quedaban cuatro largos días de trayecto. Al llegar a la primera cuesta empinada intenté seguir con el mismo impulso y adelanté a varios carros en la vía, pero unos minutos después el carro quedó sin fuerza. Yo aceleraba y el carro no avanzaba. Le dije a mi esposa Ana Esther y a mis hijos Jacob y Aarón: cierren los ojos y oren. Ellos empezaron a implorar la ayuda de Dios y yo solo dije: Señor, no nos dejes tirados en esta montaña, permítenos llegar a una salida y encontrar un taller. Apenas había pronunciado estás últimas palabras cuando observé un anuncio que decía: salida y restaurante a dos millas.

El carro marchaba a escasos 20 kilómetros, salí a la derecha y todavía pensé: bueno, Señor, yo pedí una salida y un taller, pero aquí dice restaurante. En muchos kilómetros a la redonda era la única edificación que había. Llegamos al lugar, cuando fui a la puerta de entrada pude leer un hermoso letrero que decía: “Jesus is the Lord (Jesús es el Señor)”. Entramos al restaurante y al fondo la música instrumental que escuchamos fue de ese hermoso himno que tanto me gusta: “Por yo sé que el futuro es suyo/ la vida vale mucho más solo por Él”. No quiero alargar la historia, únicamente quiero decirle que comimos un rico desayuno, Dios nos ministró a través de la música, los empleados del lugar, el ambiente. Salimos, encendimos el carro, volvimos a la carretera y el automóvil funcionó perfectamente hasta nuestro destino final en Edinburg, Texas.

Dios me mostró claramente su mensaje: debía bajar la velocidad. La manera de hacerlo fue deteniendo el carro. Yo aceleré una y otra vez, pero al automóvil no respondió. Una prueba de que Él estaba en control fue el restaurante cristiano, y la confirmación fue el letrero en la puerta que me recordaba que Jesús es el Señor. Esta experiencia me impacto sobremanera.

Al estudiar el libro de Génesis y repasar los capítulos 1 y 2 nos encontramos con el hecho de que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. El capítulo 1 y versículo 26 dice: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza (…)”. Al darle la semejanza del Dios trino buscaba, indudablemente, que lo creado, el ser, en un acto de amor supremo, le adorara, como dijimos al comienzo de este artículo. Efesios 1:12 nos confirma este fin primordial de la creación cuando dice: “A fin de que seamos para alabanza de su gloria”.

Y la segunda parte del versículo 26, en el capítulo 1 de Génesis –que ya mencioné--, nos muestra que el Dios creador, Todopoderoso, nos puso para administrar (léase gobernar) el resto de la creación. “Y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra”, señala el pasaje bíblico. A Dios daremos cuenta de nuestra buena o mala mayordomía. Daremos cuenta a Él de la forma como conduzcamos nuestra vida (y aun nuestro automóvil). De la forma como cuidemos nuestro cuerpo. De la manera como manejemos nuestras finanzas.

Ahora, Génesis 2:7 nos dice que Jehová formó al hombre de un material sin mucho valor aparente, el polvo de la tierra, pero luego le dio un valor inigualable al soplar en su nariz aliento de vida. Dios mismo de su propio Espíritu nos transmitió movimiento, sentido, personalidad, y nos hizo, como reza el texto sagrado, “un ser viviente”.

Esta declaración me hace reflexionar acerca de lo importante que somos para Dios. Me lleva a pensar que Él que es el creador tiene un plan maravilloso para nosotros, ese plan contempla la salvación a través de su hijo Jesucristo, incluye el sello del Espíritu Santo para que el creyente, la nueva criatura, no luche por sus propias fuerzas. Por el contrario, Dios, nuestro Padre, quiere que rindamos nuestras vidas a Él, nos sometamos a su señorío para que Él reine en todas las esferas de nuestra vida. De manera que, como dice el apóstol Pablo, ya no vivamos nosotros, sino que ahora Cristo viva en nosotros.

La iglesia, a diferencia del movimiento emergente que hace mucho énfasis en el buen ambiente, debe centrar su vista en la adoración a Dios. Lo demás --incluyendo las misiones-- viene por añadidura. Como ya dije es el reflejo del amor y la gratitud por el Dios que nos salvó. Podemos glorificar al Señor aún en las cosas más simples de nuestra vida diaria y en la administración adecuada de los dones, talentos, habilidades.

Nuestra mente frágil tiende a olvidar la fidelidad de Dios, el amor que el Padre (ese mismo que amó tanto al mundo que dio a su hijo) tiene para con nosotros. Dios actúa en su tiempo, no en el nuestro. Muchas veces nos sentimos tentados a decirle a Él cómo hacer las cosas. Y el Espíritu Santo nos contesta con esa sabiduría insondable: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová” (Isaías 55:8). Dice la Biblia en el Antiguo Testamento que los caballos se alistan para la batalla, pero Jehová es el que da la victoria. Y nos confirma en el Nuevo Pacto que no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.
Andrew Jukes, en su libro ‘Los nombres de Dios en la Sagrada Escritura’ explica que “El Olam”( título dado a Jehová) enseña tanto el hecho de que en el hacer de Dios con el hombre hay sucesivos “tiempos”, como que el divino proceder en sí es un “misterio” o “secreto” que se nos revela solamente en la medida en que crecemos en la gracia.

En cada momento de nuestra vida, si permanecemos en Él, Dios está haciendo algo. El alfarero moldea el barro. Como metal precioso, Dios nos pasa por el fuego para refinarnos. Cada día es más Cristo en nosotros, y nosotros menos en nosotros mismos. Menguamos y Él crece. En muchas crisis, la pregunta que brota desde lo más profundo de nuestra garganta es: ¿Dónde está Dios? Y la respuesta sigue siendo la misma: Dios está en su trono. Nosotros nos movemos de lugar, pero Él permanece fiel, cuidándonos. El salmista dice: “Jehová es mi pastor, nada me faltará”.

Cuando creemos que Dios nos ha abandonado en la tormenta, cuando las olas de la vida golpean con furia y no hallamos respuesta, es cuando Él más está trabajando en nosotros. Luego, al final de la prueba, oímos su dulce voz: “No temas, Yo soy”, como le dijo a los apóstoles cuando caminaba sobre las aguas para llegar a la barca. O cuando se le apareció a Moisés en la zarza ardiendo. Jehová está en control, y ha prometido pelear nuestras batallas. No importa el problema, la dificultad o la prueba, Dios sigue en su trono.

Te invitamos a que nos escribas a pastor@elredentor.com o a pulgarin@elredentor.com o llámanos a nuestras oficinas en Vancouver, BC, Canadá, al teléfono: 604.659.4225. Bendiciones.



*Carlos Pulgarín cursa Estudios Bíblicos y de Teología en Río Grande Bible Institute (Edinburg, Texas). Fue Asistente General del Tabernáculo Bíblico Bautista El Redentor y maestro de Escuela Dominical de la misma iglesia, ex director y cofundador del periódico La Palabra y colaborador de Radio Bautista (Vancouver, BC, Canadá). Es licenciado en Comunicación Social y Periodismo (Colombia), trabajó por más de 10 años en diferentes diarios de Latinoamérica.
 
 
 
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