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Hechos y Crónicas - semana febrero 15-21, 2006 |
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Este muerto está muy vivo
Por Carlos Pulgarín*
pulgarin@elredentor.com
El helicóptero comenzó a descender lentamente. El ruido ensordecedor de la
nave apagó los gritos de guerra de dos decenas de soldados listos para
lanzarse a tierra. Los militares hacian parte de un batallón móvil de
contraguerrilla, hombres entrenados para desactivar minas antipersonales y
avanzar asegurando el terreno al resto del grupo. El viejo helicóptero ruso
hizo un vuelo estacionario a poca distancia del |
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terreno y los hombres cayeron uno a uno, rodaron por el piso y tomaron
posiciones seguras. Todo estaba aparentemente bien, pero cinco minutos
después comenzó el infierno.
Los zumbidos de las balas zurcaron esa mañana lluviosa. “Que no quede ni
uno vivo”, alcanzó a escuchar Samuel antes de que el mundo se le apagara
y perdiera el conocimiento. Dos días después despertó en la habitación
blanca de un hospital, miró a todos lados y la película de los recuerdos
pasó por su mente, escena por escena, cuadro por cuadro. Contó a la
prensa que una vez tocaron tierra descubrieron la emboscada que les
habían tendido los guerrilleros. Fue demasiado tarde para reaccionar,
demasiado tarde para lamentarse. Samuel recuerda que durante unos
segundos sus pensamientos volvieron a una tarde gris en la que un
predicador risueño, capellán de su batallón, lo habia invitado a
entregar su vida a Cristo. “Voy a pensarlo, tal vez otro día”, fue su
respuesta esa vez.
Pero el día de la emboscada, en medio de ese infierno de balas, Samuel
gritó desde lo más profundo de su corazón: “Jesucristo, perdóname.
Jesucristo, sálvame”. Y recuerda que no tuvo tiempo de pensar mucho,
pero en esos segundos vinieron a su mente las palabras del ladrón cuando
dijo a Jesús junto a la cruz: “Acuérdate de mí cuando estés en el
paraíso”. Fueron segundos, tal vez los segundos más desesperantes de su
existencia, pero al mismo tiempo los segundos en que se sintió más cerca
de Dios. “En ese instante --dice Samuel-- sentí una voz suave en mis
oídos, un susurro apacible que me dijo: ‘no te preocupes, si murieras en
este día, hoy mismo estarías conmigo en el paraíso’. En ese preciso
momento perdí el conocimiento y luego desperté en el hospital”, explica.
Los compañeros de Samuel murieron en esa emboscada, todos
descuartizados, despedazados por la artillería pesada que les disparaban
los guerrilleros, pero él solo recibió una leve herida en la frente
producto del roce de un proyectil. Sus superiores no se explican cómo
sobrevivió en medio de esa carnicería humana. Samuel, quien hoy se
congrega en una iglesia en Bogotá, Colombia, sí lo sabe y lo repite con
lágrimas en los ojos: “Mi socorro vino de Jehová, que hizo los cielos y
la tierra”.
Samuel es hijo de una familia de campesinos que obligados por la guerra
rural tuvieron que abandonar la tierra para irse a la ciudad. Dejaron
tiradas diez hectaréas de montaña, un cultivo de maíz, dos vacas y unas
cuantas gallinas y cerdos. En el aire contaminado de Bogotá aprendieron
a sobrevivir de las oportunidades del negocio callejero. Sus padres y
sus dos hermanas conocieron a Jesús en una campaña evangelística.
Mientras tanto, Samuel crecía en estatura, se hacía hombre, pero también
crecía el resentimiento hacia los hombres armados que una vez los habían
obligado a huir de su tierra, de su montaña.
En medio de esos rencores guardados y el deseo de venganza, decidió
entrar al ejército. Primero prestó el servicio militar obligatorio, y
luego se quedó en la institución como un soldado profesional. Cada vez
más alejado de Dios, cada vez más solitario. Enfrentado sus temores, sus
odios y sus miedos, Samuel creó una brecha cada vez más grande entre él
y Jesucristo. Su mamá oraba por su conversión, sus hermanas lo invitaban
a la iglesia, pero la respuesta siempre fue la misma: “tengo cosas más
importantes por hacer”. Cuando cumplió los 21 años murió su padre, ese
día le reclamó a Dios. “Dónde estabas cuando murió mi papá”, le dijo. Y
se fue lanza en ristre contra los miembros de la iglesia a la que
asistía su familia.
El día que su batallón fue enviado a la zona de combate, Samuel había
discutido con su novia. A través de una llamada telefónica, pocas horas
antes de embarcar en el helicóptero, ella le había pedido que dejara el
ejército y que volteara su mirada a la cruz. Lo que más le molestó fue
el hecho de que su novia le dijera que el día anterior ella habia
aceptado a Jesús como salvador y como el dueño y señor de su vida. “No
te conozco, no quiero casarme con una mujer aburrida que pase la mayor
parte de su tiempo metida en la iglesia. ¡Esta relación se terminó!”.
Acto seguido tiro el teléfono.
Parecía que para Samuel el círculo se cerraba. Él huía de Dios, pero
Dios cada vez se acercaba más a él. Mientras familiares, novia,
conocidos y amigos rendían sus vidas a Cristo, él rechazaba una y otra
vez a Jesús. La última vez que dijo “ahora no, tal vez cuando regrese
del campo de combate” fue el día antes de la emboscada cuando el
capellán hizo la invitación para aceptar a Jesucristo y nacer de nuevo.
“Ese día sentí deseos de decir que sí, de decir que ya no podía más, de
decirle a Dios que me ayudara, pero pudo más mi orgullo y mi soberbia”,
recuerda Samuel.
Lo cierto es que ya sea en la iglesia, en el campo de batalla, en la
calle, en el trabajo o en la casa, Dios está siempre llamando. Y todo
aquel que le abre las puertas de su corazón, y le deja entrar, la Biblia
dice que entonces Él cenará con él. Y que su vida ya no será igual
(Apocalipsis 3:20).
Zaqueo, publicano y rico, supo que Jesús llegaba a Jericó y se propuso
en su corazón ver al maestro. Lo intentó saltando, mirando a lo lejos,
pero dice la Biblia que como era de baja estatura no podía a causa de la
muchedumbre. Y entonces Zaqueo se trepó a un árbol y desde allí pudo
cruzar su mirada con la del maestro, y le dijo Jesús: desciende porque
hoy voy a comer contigo en tu casa. Y hablaron sin prejuicios, sin
temores. Eran dos: un Dios misericordioso y lleno de amor y un hombre
con un corazón puro, contricto y humillado. “Hoy ha llegado la salvación
a esta casa”, con esta frase contundente dio por terminada Jesús la
cena.
Saulo de Tarzo, por su parte, era un caso totalmente contrario, él no
quería ver a Jesús o conocerle, él deseaba acabar con todo lo que
representara a Cristo. Pero un día, camino a Damasco, la voz de Jesús de
manera audible le dijo: “Saulo, Saulo porque me persigues”. ¿Y estaba
Saulo persiguiendo directamente a Jesús? No. Pero todo el que persigue a
un cristiano, el que ataca a la iglesia ha decidido enfrentarse a Jehová
de los ejércitos. Perseguir a los hijos de Dios es iniciar una pelea
contra Dios. Y nadie, absolutamente nadie, ha podido ganarle una pelea a
Dios. Y la luz que cegó a Saulo fue la misma luz que vino a iluminar su
oscuridad. Saulo ya no fue el mismo. A partir de ese instante nació el
gran apóstol Pablo.
Así mismo, ese día del combate en las montañas de Colombia, en medio de
un ataque cruel, Samuel salió milagrosamente vivo. Su cuerpo físico no
sufrió daños mayores, pero su viejo hombre murió, quedó sepultado en el
campo de combate. Dios lo levanto, lo perdonó, lo sanó, lo salvó. “De
modo que si alguno esta en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas
pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17). Tú
puedes nacer hoy de nuevo, acepta a Cristo como tu salvador personal.
Dios te bendiga.
*Carlos Pulgarín es Asistente General del Tabernáculo Bíblico
Bautista El Redentor y maestro de Escuela Dominical de la misma iglesia
(Vancouver, BC, Canadá), licenciado en Comunicación Social y Periodismo,
ex director y cofundador del periódico La Palabra y colaborador de Radio
Bautista. También ejerció el periodismo por más de 10 años en diferentes
diarios de Latinoamérica
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