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Hechos y Crónicas - may 2008 |
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Jesucristo, ¡tan latino como tú!
Por Carlos Pulgarín*
pulgarin@elredentor.com
El mensaje de Cristo es un mensaje de amor, de esperanza, de solidaridad con el desvalido. Es un mensaje que nos invita a consolar con la misma consolación con la que somos consolados (2 Co. 1:4). Pero sobre todas las cosas es un mensaje que muestra a la segunda persona de la trinidad como el camino, la verdad y la vida. Jesucristo es
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el único ‘tiquete’ válido para ir al cielo, pues solo en Él hay
salvación y vida eterna. Juan A. Mackay, autor de El otro Cristo
español, sabía muy bien todas estas verdades.
Puede que haya muchas formas de hacer teología, pero hay un único Dios
verdadero acerca del cual se ocupa el quehacer teológico. Mackay, con
una influencia muy marcada del pensador español Don Miguel de Unamuno,
hizo teología desde la otra orilla, ese lado donde es peligroso caminar,
pensar y actuar. Desde esa orilla en la que todos los dedos inquisidores
apuntan, aún los de la familia de la fe. Este visionario enfrentó el
riesgo de ser llamado ‘hereje’. Un riesgo que vale la pena correr si se
asume el reto de tomar la cruz y seguir al Maestro.
Este segundo artículo busca --sin ambiciones intelectuales-- abordar el
pensamiento de Mackay. Desde una óptica simple, sencilla, pero coherente
con el sentir cristiano, amando a Dios sobre todas las cosas y al
prójimo como a uno mismo, este teólogo, educador y misionólogo nos
enseña acerca de la sensibilidad y el amor al otro. Nos habla del Cristo
que no nos trajeron los españoles. Nos dice que es posible soñar con un
mundo mejor. Nos anima a vivir una vida cristiana aquí y ahora, sin
desconocer que nuestra ciudadanía es del cielo. Nos reta a seguir las
pisadas de Jesús, el Cristo.
Jesucristo, el Hijo de Dios, puede traspasar las barreras de la cultura.
Por eso podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que Él es tan latino
como tú o como yo. O tan anglosajón como mis hermanos de Norteamérica.
Puede ser europeo o asiático. Lo cierto es que el Cristo que trajeron
los españoles es apenas un pálido reflejo de lo que verdaderamente es la
segunda persona de la trinidad. En el mejor de los casos, es una
caricatura del poder, la magnificencia, el amor, la misericordia del
Creador(1) . El Salvador no está crucificado, ni siquiera está muerto,
Él está vivo y glorificado junto al Padre.
Jesucristo habla mi lenguaje, percibe mis emociones, conoce mis
debilidades. Juan A. Mackay, “inquietado” por el pensador español Miguel
de Unamuno, mostró que las barreras culturales o religiosas no podían
impedir un diálogo fructífero entre dos culturas tan distintas pero tan
similares a la vez. Esta visión cambió la perspectiva de las misiones:
incorporarse a la cultura del país al que se llega y convivir en
ella(2).
El amor de Dios se sobrepone a la cultura. La salvación es tan universal
como el pecado. Si acepto la muerte vicaria de Cristo, si le reconozco
como el Hijo de Dios que pagó con su sangre bendita el precio para
romper las cadenas de mi esclavitud, si aceptó que su sangre borra mis
pecados, rebeliones, si por fe confieso que es el único y suficiente
camino que me lleva al Padre, entonces puedo llegar a ser hijo de Dios.
El mismo Espíritu que resucitó a Cristo de entre los muertos viene a
morar en mí, me da vida y me convierte en una nueva criatura. Soy santo,
no porque sea perfecto, sino porque soy apartado para Dios. Escondido en
Cristo, ahora Dios me ve a través de su Hijo.
La Biblia dice que Jesús vino a buscar y salvar lo que se había perdido.
Él es el Cristo que le dice a los escribas y fariseos --al igual que a
los religiosos de nuestro tiempo—que las prostitutas, que los pecadores
irán primero al reino de los cielos. Es el mismo Jesús que afirma: a
quien mucho se le perdona mucho se le ama.
Un amplio sector de la iglesia contemporánea, al igual que la de
nuestros antepasados, está viviendo afirmada en la tradición más que en
la fe. Para muchos líderes es más importante el cabello corto o largo de
las mujeres, la falda al tobillo, el maquillaje, que el hecho de que
Jesucristo es el Hijo de Dios. El amor cubre multitud de pecados. El
amor, la tercera vía de la que habla Pablo al final del capítulo 12 de
primera de Corintios, “es un camino aún más excelente”.¡Cuánto amor hace
falta en nuestras iglesias!
Juan Mackay debería ser una lectura obligada para todo aquel que quiera
hacer teología en América Latina. Es una mirada retrospectiva a la fe
que heredamos de hombres indoctos, ambiciosos, conquistadores sin ética
ni temor de Dios que antes que alcanzar para Cristo a los habitantes de
las nuevas colonias querían obtener sus riquezas, venían más bien por
oro y tierras que por las almas perdidas. Para muchos de ellos, con
contadas excepciones, la fe no era más que una herramienta de
sometimiento y terror, una excusa para lograr sus propósitos egoístas.
El Cristo que nos ‘vendieron’ los españoles, los conquistadores, se nos
presenta como la víctima trágica. Su imagen pertenece a un tipo clásico
de figuras angustiosas en el arte religioso de España. Monjes
escuálidos, visiones pavorosas, monstruos humanos torturados por
violencia y dolores, hacen parte de la galería de imágenes que nos
retratan una creencia de muerte y no de vida. Jesucristo, en
contraposición, nos dice en la Biblia que vino para darnos vida y vida
en abundancia (Juan 10:10).
La muerte de Cristo --aún en nuestros tiempos-- muchos la siguen viendo
como un error de cálculo: algo salió mal y el Mesías tuvo que morir de
manera horrenda en la cruz. ¿Qué falló? La respuesta es: nada. Es la
consumación del plan eterno de Dios. El Cordero perfecto que quita el
pecado del mundo se hizo igual a nosotros para que nuestra naturaleza
caída pudiera alcanzar la naturaleza divina. Es Cristo nuestro único y
suficiente ‘tiquete’ al cielo. Las Escrituras dicen que Él tenía que
morir para que nosotros pudiéramos vivir.
La fe que profesamos no encarna muerte, como nos enseñaron en el pasado
–y algunos insisten en enseñarlo en el presente--, es una fe basada en
el triunfo de Cristo sobre la muerte que ya no tiene poder sobre Él. Es
el Cristo glorificado, sentado a la derecha del Padre. Es el Cristo que
rasgó el velo del Lugar Santísimo en el templo y nos dio acceso al trono
de la gracia. Es el Cristo intercesor, nuestro abogado defensor, nuestro
sumo sacerdote. Mediante Él podemos hallar gracia y oportuno socorro.
Miguel de Unamuno, una de las figuras más eminentes de la Generación del
98, tuvo una notable influencia en Hispanoamérica a través de su
impronta en numerosos intelectuales hispanoamericanos. En sus escritos y
en su correspondencia privada Mackay deja entrever su admiración por tan
notable pensador y escritor, aunque discrepara con él en muchos
aspectos.
Qué mejor manera de terminar este artículo que con la oración de Unamuno,
súplica que arroja un rayo de luz profética a través de la vida e
historia religiosa de España y Sudamérica. “Porque este Cristo de mi
tierra es tierra”, dice el pensador español. Y en una súplica elevada al
cielo clama: “¡Y Tú, Cristo del Cielo, redímenos del Cristo de la
tierra!”.
Escríbenos a
pulgarin@elredentor.com o llámanos a nuestras oficinas en Vancouver,
BC, Canadá, teléfono: 604.659.4225. Más información en
http://carlospulgarin.wordpress.com
(1) Juan A. Mackay, El otro Cristo español, México, CUPSA, p. 141
(2) Juan A. Mackay, Don Miguel de Unamuno, su personalidad, obra e
influencia, Lima, Revista Universitaria, Vol. II, 4º trimestre, 1918.
*Carlos Pulgarín cursa Estudios Bíblicos y de Teología en Río Grande Bible Institute (Edinburg, Texas), es consejero de reclutamiento en esa misma institución y colaborador de Radio Esperanza. Fue Asistente General del Tabernáculo Bíblico Bautista El Redentor y maestro de Escuela Dominical de esa iglesia, ex director y cofundador del periódico La Palabra y colaborador de Radio Bautista (Vancouver, BC, Canadá). Es licenciado en Comunicación Social y Periodismo (Colombia), trabajó por más de 10 años en diferentes diarios de Latinoamérica. |
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