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reemplazada/ como un eco en una
torre/ que se traslada a la nada/ al limbo o tal vez al hombre/ pero el
hombre está de paso/ como el agua que allí corre/ hoy llegamos y nos
vamos/ sin abrir siquiera un broche/ de esa camisa colgada/ en la punta
de aquel poste. Como afirma mi querida madre, doña Carmen, “en este
mundo lo único seguro es la muerte”. Por eso la Biblia nos recalca que
nuestra ciudadanía está en los cielos. Y Pablo dice: “Porque para mí el
vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Fil. 1:21).
Este mensaje no le gusta a la gente
de nuestro mundo posmoderno y pluralista, que cree que hay muchas
verdades, muchas metas narrativas y muchos caminos hacia Dios. El hombre
de la sociedad contemporánea se debate entre creer y no creer. Y en esta
disyuntiva muchos terminan alineándose con la idea de que sólo existe el
aquí y el ahora. Creen que lo temporal es lo cierto y se juegan lo
eterno en una ‘ruleta rusa’ de ideas vagas y abstractas. Terminan
comulgando con la teoría de que al morir nuestro cuerpo físico todo
termina. Su destino: condenación por siempre sin Cristo.
Imagine esta situación. Pablo y Silas estaban en la cárcel, en el
calabozo más oscuro y húmedo, tenían los pies sujetos en el cepo. Allí,
en medio de la soledad, el mal olor y el silencio sepulcral, irrumpen
con sus cánticos, con sus himnos a Dios. De repente, dice la Biblia,
sobrevino un terremoto, de tal manera que los cimientos de la cárcel se
sacudían. Todas las puertas se abrieron. Las cadenas de todos se
soltaron (Hch. 16:25-26).
Dice la Escritura que cuando el carcelero vio las puertas abiertas,
pensando que todos habían huido, sacó la espada y se iba a matar. Mas
Pablo clamó a gran voz: “No te hagas ningún mal, pues todos estamos
aquí”. Este hombre, rescatado del suicidio y viendo los portentos que
Dios había hecho, se postro a los pies de Pablo y Silas. Y la pregunta
que cambia todo el panorama surge a continuación: ¡Señores, ¿qué debo
hacer para ser salvo?! Y la gloriosa respuesta de Dios: Cree en el Señor
Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa. ¿Salvo de qué?, se preguntan
los posmodernistas. La Divina providencia responde de nuevo: Salvo de la
condenación eterna.
Pablo y Silas no creían en verdades relativas. Para ellos Cristo era su
única y suficiente verdad. No hubo calificativas como “tal vez” o
“quizás”, o “bueno, esto es lo que pensamos nosotros, pero pueden
existir otros caminos hacia Dios”. ¡No! Sólo hay un manera de ser salvo.
Jesús dijo: “Yo soy el camino, la verdad, y la vida. Nadie viene al
Padre sino a través de mí.” Pedro lo dijo también: “No hay otro nombre,
bajo el cielo, dado entre los hombres, en que podamos ser salvos”
(Hechos 4:12). La verdad absoluta es que necesitamos ser salvos.
La sabiduría del relativismo vuelve a hacer uso de su necedad y dirá:
“Bueno, eso es verdad para ti, pero no lo es para mí”. Eso no cambia en
nada la situación, pues sin Cristo el ser humano está bajo el poder de
Satanás. Ya sea que se crea o no en la vida eterna o en la realidad del
infierno (reservado para el diablo y sus secuaces) el destino del hombre
sin Dios es condenación (Ro. 3:23; 5:8).
Hay que observar también que Pablo y Silas dirigieron al carcelero
directamente hacia Jesús. No le dijeron: “Bien, tenemos una teología
denominacional con la cual tienes que familiarizarte. Tendrás que leer
todas las cartas de Pablo, la Confesión de Westminster y también La
Institución de la Religión Cristiana escrita por Juan Calvino, antes de
poder comprender claramente todo lo necesario”. ¡No! Dijeron: “Cree en
el Señor Jesucristo”.
Pero en medio de una sociedad posmoderna es necesario enarbolar la
bandera de la unidad, sin las barreras denominacionales. Presentando a
Cristo, no a un líder. Presentando a la Biblia como Palabra de Dios
inerrante para todos los tiempos, no un discurso confesional adornado
con teología sectaria. Francisco Lacueva en su libro ‘Un Dios en tres
personas’ hace énfasis en que “toda teología verdaderamente bíblica ha
de ser teocéntrica (aunque suene a perogrullada)”. Es necesario conocer
al único y verdadero Dios, tener una relación personal con Él.
La sociedad que deambula como ovejas sin pastor, necesita ver a Cristo
reflejado en nuestras vidas. Coherencia entre lo que decimos y lo que
hacemos. Jesús orando dijo: “Padre, que sean uno”. Ahora esa unidad no
puede buscarse en medio del sincretismo que trata de impulsar el
ecumenismo. Se trata de un diálogo real identificado bajo el estandarte
de Cristo, el autor y consumador de la fe (He. 12:2).
El desafío, sin perder nuestra identidad cristiana, es que podamos
dialogar e interactuar con aquellos que en otro tiempo estaban alejados,
aislados y menospreciados de nuestras redes de relaciones eclesiásticas,
y a quienes veíamos con sospecha y hasta recelo, pero con los que en
gran medida hoy podemos unir y coordinar esfuerzos para el avance de la
misión de Dios. Es bueno recordar que no se trata de la iglesia del
reverendo fulanito de tal, mas bien es la iglesia de Cristo, la cual Él
compró con su sangre.
El mensajero y los tiempos pueden ser diferentes, pueden cambiar, pero
el mensaje es el mismo. Es ese mismo que Jesucristo, al comenzar su
ministerio, anunció: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha
acercado” (Mt. 4:17). Es necesario, y urgente, cambiar los métodos, las
herramientas, las estrategias, pero sin que ello vaya en detrimento del
mensaje salvífico.
La posmodernidad nos ha vendido la idea de que iglesia es un concepto
obsoleto y pasado de moda. Por esta razón es de vital importancia que la
Biblia sea entendida en su contexto, pero también vivida en un entorno
particular. Las iglesias evangélicas no pueden seguir pretendiendo
“escapar” del mundo, como si esto las hiciera mas “santas”. Todo lo
contrario, es en ese contexto en que las iglesias están insertas, en que
su vida y misión toma relevancia y pertinencia.
Si bien es cierto que el mundo sigue representando ese lugar de
tinieblas, pecado, y rechazo del Dios Verdadero, no puede ser menos real
que ese es el campo “fértil” en el que el Señor ha dejado a su iglesia
para ser sal y luz. No se puede seguir visualizando al “mundo” como
enemigo del cual hay que escapar. Todo lo contrario, hemos de verlo,
como ese lugar, que está repleto de hombres y mujeres necesitados
urgentemente del amor, la paz, y la justicia de Jesucristo.
En una cultura dominada por el consumismo, hedonismo, lo acelerado, lo
instantáneo, se requiere de hombres y mujeres que tengan de Dios la
imaginación, sabiduría, y la inteligencia suficiente no sólo para
conocer su Biblia y la teología, sino para que de manera creativa
traigan al “aquí y al ahora” el mensaje de Dios. El modus operandis de
los teólogos no puede seguir igual que en otros tiempos. Significa
entonces que las teorías, las ideas, los sueños, han de ser traídos y
probados en la realidad en que vivimos. No podemos seguir formando a
líderes que como dijera John A. Mackay: “son teólogos del balcón”.
Cuando deberíamos bajarnos y ser como el apóstol Pablo, teólogos del
camino, de la vida diaria.
La posmodernidad ha llegado para quedarse por mucho tiempo, ignorarla,
es el principio de nuestro fin. A la vez, visualizar a la Posmodernidad
como “amiga” del cristianismo, no sólo es peligroso, sino es un error
que nos puede costar muy caro. Más que nunca, no podemos pasar por alto,
el anhelo expresado en la oración de Jesús, cuando dijo al Padre: “No
ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal.
Santifícalos en tu verdad, tu Palabra es verdad” (Jn. 17:15,17).
Te invitamos a que nos escribas a
pastor@elredentor.com o a
pulgarin@elredentor.com o llámanos a nuestras oficinas en
Vancouver, BC, Canadá, al teléfono: 604.659.4225. Bendiciones.
*Carlos Pulgarín cursa Estudios Bíblicos y de Teología en Río Grande
Bible Institute (Edinburg, Texas). Fue Asistente General del Tabernáculo
Bíblico Bautista El Redentor y maestro de Escuela Dominical de la misma
iglesia, ex director y cofundador del periódico La Palabra y colaborador
de Radio Bautista (Vancouver, BC, Canadá). Es licenciado en Comunicación
Social y Periodismo (Colombia), trabajó por más de 10 años en diferentes
diarios de Latinoamérica. |