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Hechos y Crónicas - semana marzo 15-21, 2006
Iglesia Bautista - Vancouver Canada
Crash: vidas cruzadas
Por Carlos Pulgarín*
pulgarin@elredentor.com

La historia de Karina Arroyave (actriz de profesión) y Rodolfo Castro (humilde celador) es la misma de decenas --por no decir de cientos-- de inmigrantes que dejaron su tierra, su gente y parte de la familia para buscar nuevas oportunidades en Canadá, Estados Unidos o Europa. Para muchos fue una despedida con un beso, un abrazo, una lágrima y la promesa del reencuentro. Para otros, por decisión propia o a fuerza de
las circunstancias, fue un adiós definitivo.

Recientemente, cuando el mundo entero seguía por la televisión la transmisión de los Premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood, supimos que Crash era la ganadora del Oscar a la mejor película, más tarde también nos enteramos que una de las actrices protagonistas era latina.

Karina, conocida inicialmente por su participación modesta en algunas películas, y reconocida ahora por hacer parte del reparto protagónico de Crash (Vidas cruzadas, es el título en español) es el ejemplo típico de esas niñas o niños que salieron de sus países con sus familias, o parte de ellas, para llegar a un nuevo lugar en el que empezaron a crecer de cara a una nueva cultura, y en el que fueron absorbidos por las costumbres y el estilo de vida. Todo esto sucede, a pesar de que nosotros como padres inmigrantes nos esforzamos por mantenerlos ligados a la tierra que los vio nacer. Me basta mirar a mis pequeños hijos viviendo en Canadá para entender este fenómeno.

Muchos de los hogares que conozco en Canadá y que conocí cuando vivía en España tienen un ingrediente común: no pertenecen al tronco original, me explico, son hogares que se dividieron antes, durante o después del exilio y que ahora conviven en medio de un patrón que se podría detallar de la siguiente manera: los tuyos, los míos y los nuestros. Muchas de las familias actuales son el producto de anteriores relaciones. La señora que trae los hijos de su anterior matrimonio, el señor que también tiene sus hijos de una relación pasada (tal vez en su país de origen) y los hijos que nacen de la nueva unión. Son tres diferentes hijos conviviendo bajo un mismo techo.

En el caso de Karina Arroyave, ella salió un día de su Colombia natal junto a su madre, Ángela Beatriz Arroyave, para perseguir el “sueño americano”. Su padre, Rodolfo Castro, un celador de barrio, la dejó ir con su madre convencido de que era lo mejor para su hija, y convencido también de que más tarde él podría reunirse con ellos en Estados Unidos. Pero el reencuentro nunca sucedió. Solo ahora, 37 años después, Karina volvió a tener noticias de su padre, que aun conserva una foto de ella, cuando tenía un año.

Karina quiere ver a su padre. Rodolfo, con 51 años a cuestas, ya no tiene los bríos de sus años mozos, esos 19 años del alma cuando vio partir a su hija, pero entre lágrimas dice que su deseo más intenso es poder volver a verla y abrazarla. Mientras tanto, se conforma con mirarla en la pantalla del cine y soñar con el reencuentro. Ya hablaron por teléfono, una emisora los contactó y puso la emotiva conversación al aire. Millones de radioescuchas fueron testigos de este encuentro inicial.

“No volví a saber de Karina y no la busqué. Solamente le pedía a mi Dios que algún día la pudiera ver otra vez. Apenas volví a saber de ella cuando me dijeron que me estaba buscado. Tampoco sabía que era famosa”, cuenta Castro. Y remata diciendo: “Después de esto, yo no le pido nada más a la vida. Ahora me puedo morir tranquilo”.

No podría utilizar las identidades reales para enumerar una serie de historias que conozco, en aras de la confidencialidad, pero haciendo uso de nombres imaginarios (cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia), me gustaría contarles tres casos más.

Pedro salió de San Salvador rumbo a Canadá. Su estrategia estaba planeada. Llegaba a Vancouver, en la provincia de BC., con una visa de turista, luego aplicaría como refugiado y, si todo salía bien, conseguiría al cabo de unos años la tarjeta de residencia. Mientras tanto, trabajaría a escondidas en el área de la construcción donde hay mucha demanda y el pago por hora no es del todo mal. A Pedro le negaron la solicitud de refugio, le negaron también las respectivas apelaciones.

La segunda estrategia la venía meditando por varios meses. Se podía casar con otra salvadoreña que tenía la ciudadanía canadiense (claro pagándole una determinada cantidad de dinero por este “favor”), y luego de que consiguiera la residencia se separaría. Para aplacar su conciencia se decía a sí mismo: “Muchos lo han hecho, ¿por qué yo no?”. Pedro se casó, hoy tiene un hijo de este matrimonio. Pero existe otro problema, y este es aun más grave, en su país de origen sigue casado, pues no se ha separado oficialmente. Su esposa y tres hijos esperan por él, aguardan con esperanza el reencuentro.

La historia de Martha la podríamos titular como la de un corrido norteño: “tres veces mojada”. Ella salió de Honduras rumbo al norte. Llegó a México y allí contacto a los “coyotes” (personas que la ayudarían a cruzar la frontera de Estados Unidos por el río grande o por el desierto de Arizona). Pagó tres mil dólares americanos, dinero que entregó en dos partes, 50 por ciento al salir de México y 50 por ciento al llegar a la tierra del Tío Sam. El cruce duró un par de semanas, pero fue capturada y deportada. En el segundo intento también fue sorprendida después de cruzar el río y sometida a todo tipo maltratos por parte de los oficiales de Migración. Pero en vez de desanimarse, cada vez ella tenía más ánimos. Y a la tercera fue la vencida.

Luego de que Martha llegara a Estados Unidos y después de sortear una serie de tragedias, entre ellas una violación, decidió pasar a Canadá, y lo hizo a través del estado de Washington. Llegó a Surrey, en BC., e inició una batalla jurídica por conseguir la residencia. Hoy, 10 años después, es ciudadana canadiense. Logró lo que quería, consiguió su sueño en el norte, pero perdió a su familia. Su esposo y su hijo, que aun viven en Honduras, no quieren saber nada de ella, consideran que los abandonó y se sienten traicionados. Martha, mientras tanto, fracasó en una relación con un canadiense y guarda la esperanza de que llegue la paz a su vida. “Tengo un carro nuevo, un trabajo, y estoy pagando un apartamento, pero no me siento bien, no duermo bien, no soy feliz”, sostiene.

La tercera historia es la de una familia chilena. Ellos aplicaron como profesionales y lograron venirse juntos a Toronto, en la provincia de Ontario. Una hermosa familia, papá, mamá y tres hijos. Después de tres años en este país y de luchar por homologar sus profesiones de ingeniero civil y enfermera, Susana “descubrió” que Andrés no era el hombre de su vida. “Al llegar a Canadá se me abrieron los ojos, yo podía hacer las cosas sola y no necesitaba depender de un hombre, el Gobierno me apoyaba. Tomé entonces la decisión de separarme”, explica Susana justificándose. Doce años de matrimonio tirados a la basura.

Lo cierto es que luego de la separación ya nada fue igual. Andrés se sumergió en el alcohol y la vida fácil, de parranda en parranda y de fiesta en fiesta. Y Susana vive con otra persona menor que ella. Los hijos, apenas fueron cumpliendo los 16 años, tomaron cada uno su propio camino. Uno está en la universidad, otro comenzó a trabajar desde muy temprana edad y no quiso ir al colegio, y el tercero murió en una riña entre pandillas.

No todas las historias de inmigrantes son trágicas, no todas tienen un final amargo. También hay muchos ejemplos de unidad familiar, de superación personal. Esos ejemplos abundan en la iglesia, en la sociedad. Pero lo cierto es que lo que comienza mal termina mal. Muchas de las decisiones de los adultos las pagan los hijos. Hay caminos que al hombre parecen correctos, derechos, pero su fin es camino de muerte (Proverbios 14:12).

Dios nos hace un llamado a organizar nuestra casa, a ponernos a cuentas con Él. Que nuestra vida deje ser una tormenta continua. Que dejemos que Jesús sea el capitán de nuestra embarcación. La Palabra de Dios nos da la clave: “Confía en el Señor con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propio entendimiento”, Proverbios 3:5.


*Carlos Pulgarín es Asistente General del Tabernáculo Bíblico Bautista El Redentor y maestro de Escuela Dominical de la misma iglesia (Vancouver, BC, Canadá), licenciado en Comunicación Social y Periodismo, ex director y cofundador del periódico La Palabra y colaborador de Radio Bautista. También ejerció el periodismo por más de 10 años en diferentes diarios de Latinoamérica
 
 
 
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