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Hechos y Crónicas - Marzo 2007 |
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Nuestro compañero de viaje
Por Carlos Pulgarín*
pulgarin@elredentor.com
¿Qué es eso? Esa luz no me deja ver. ¡Mis
ojos, mis ojos! ¡Oh… no puedo ver! ¡Mis ojos, mis ojos! Aun sin reponerse de
la luz que le enceguecía, Saulo cayó en tierra y oyó una voz que le decía:
“Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”. Asustado, casi en pánico, sólo atinó
a
preguntar: ¿Quién eres, Señor? La misma voz, potente como el trueno, |
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respondió: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues?
Este relato del que encontramos más detalles en el capítulo nueve del
libro de Hechos de los Apóstoles, nos muestra el dramático encuentro de
Saulo con Jesús. Este mismo hombre que luego en la Biblia reconocemos
como el apóstol Pablo tuvo que ser confrontado con la Verdad, con la Luz
del Cristo resucitado, para que entendiera que su celo por la ley, sus
tradiciones, y apego a la religión no le estaban conduciendo a Dios.
Pablo, que había consentido en la muerte del primer mártir de la iglesia
cristiana, Esteban, como nos relata el primer versículo del capítulo
ocho de Hechos, ese Pablo que había nacido en Tarso, el mismo que
estudió a los pies de Gamaliel y que perseguía a la iglesia, al
encontrarse con Jesús ya nunca más fue igual. Su vida fue transformada y
elevada a una posición que únicamente el Hijo de Dios puede dar. Basta
leer sus palabras para entenderlo: “Para mí el vivir es Cristo, y el
morir es ganancia” (Fil. 1:21).
No conozco a una sola persona que haya experimentado un encuentro
genuino con Jesucristo y no haya sido tocado por su poder. No importa
cuál fuera su estado anterior, al llegar a Jesús, cuando la luz del
Verbo hecho carne resplandece sobre ese hombre o esa mujer, cuando la
persona reconoce su pecado, cuando el ser humano sabe que está separado
de Dios y que por su propio esfuerzo no puede hacer nada, se entienden
entonces las maravillosas palabra de la Biblia que muestran a Jesús como
el único y suficiente camino que lleva al Padre.
Leyendo las epístolas de Pablo, esas cartas cargadas de amor, de fe, de
exhortación, podemos vislumbrar la pasión del apóstol por Jesucristo y
su deseo ferviente de cuidar la iglesia, de llevar la locura de la
predicación a tierras nuevas, no importando el peligro, la oposición,
las dificultades. Ese mensaje llega a nosotros diciéndonos que cualquier
esfuerzo vale la pena si con eso traemos almas a los pies de Cristo, si
hombres y mujeres de cualquier raza, tribu o nación pueden ver la luz de
la libertad en Jesús. Por eso agradó a Dios salvar a los hombres a
través de la locura de la predicación.
La iglesia es una institución divina, redimida por la sangre del
Cordero, pero Dios quiso usar instrumentos humanos. Son personas que han
experimentado el poder de Dios en sus vidas. Siguiendo esta línea de
pensamiento es que vemos que el Pablo perseguidor de la iglesia, después
del capítulo nueve de Hechos —y como lo demuestra en sus epístolas— se
convierte en el apóstol a los gentiles, esa rama injertada en el olivo
silvestre. O más claro, es él quien predicando a Cristo crucificado
lleva el mensaje de salvación para todos, tanto al judío como al griego.
Cuenta la historia que en el año 386 d.C. Agustín se encontraba
torturado en medio de una lucha implacable con su conciencia, sumido en
una tormenta de dudas profundas sobre la dirección de su vida, esclavo
de sus pasiones y desórdenes sexuales. Pero un día, leyó Romanos 13:
13-14 y su vida fue transformada pasando de la esclavitud del pecado a
la libertad que es en Cristo.
El pasaje de la Biblia que llevó a Agustín a confrontar su vida con la
gracia salvadora de Jesús es este: “Andemos como de día, honestamente;
no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en
contiendas y envidia, sino vestíos del Señor Jesucristo y no proveáis
para los deseos de la carne”.
Corría el año 1515, dos años antes de que clavara sus 95 tesis en la
puerta de la catedral en Witemburg, en Alemania, cuando Martín Lutero
estuvo reflexionando día y noche sobre su relación con Dios y cómo él
(sacerdote), siendo pecador, podría comparecer delante de Dios. Después
de un estudio serio del libro de Romanos quedó profundamente impactado
por ese versículo que dice: “Mas el justo por la fe vivirá” (Romanos
1:17). Un hombre transformado por Cristo impulsa la reforma de una
iglesia llena de vicios y tradiciones hacia el camino de la
justificación por la fe.
Corriendo en el tiempo, año 1738, nos encontramos a Juan Wesley, quien
después de haber fracasado en su ministerio en el Norte de América
vuelve a Inglaterra. Cuenta la historia que mientras caminaba por la
calle Aldersgate entró a una iglesia y allí en su soledad y frustración
escuchó el prefacio del comentario de Lutero al libro de Romanos, su
vida ya no volvió a ser igual.
Wesley dijo más tarde, al referirse al comentario de Lutero hecho al
libro de Romanos: “Mientras él (Lutero) describía el cambio que Dios
obró en su corazón a través de la fe en Cristo, sentí arder mi corazón
de modo extraño”. Es el poder de Dios obrando en nuestras vidas, ese
Dios trino que en su amor eterno mandó a su Hijo Jesús a morir por
nosotros, y que en la promesa del Hijo nos ha dejado al Espíritu Santo,
mediante el cual somos más que vencedores.
Si lo miramos según la justicia, lo que nosotros merecemos por nuestros
pecados, por nuestra rebelión, por nuestra naturaleza caída es muerte
(Romanos 3:23 y 6:23). Pero Dios en su justicia, y no pudiendo
contradecirse a sí mismo, envía a su Hijo para que Él, en sustitución,
como el Cordero perfecto, pague el precio de nuestra transgresión
(Romanos 5:8).
Y entonces Romanos en el capítulo 5, versículo uno, resume de manera
magistral nuestra nueva posición: “Justificados, pues, por la fe,
tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”. No es
por lo que podamos hacer, es por lo que Cristo ya hizo por nosotros. Es
un don gratuito, no por obras humanas, sino por el regalo de Dios (Juan.
3:16). Éramos enemigos, pero ahora somos amigos de Dios, pues a todos
los que creen en su nombre les dio potestad para que fueran hechos hijos
de Dios. En Cristo fuimos reconciliados.
Si después de leer todo esto usted no entiende aún, se lo voy a resumir
de manera más simple: Sólo teniendo a Jesucristo como dueño y Señor de
su vida, usted puede cambiar. Es por eso que nuestra iglesia El
Tabernáculo Bíblico Bautista El Redentor apoya a las misiones, es por
eso que sentimos carga por las almas perdidas y queremos que las buenas
nuevas de salvación crucen las fronteras de Canadá y lleguen hasta lo
último de la tierra.
Todo esto nos motiva a celebrar, el próximo mes, nuestro Quinto Congreso
Misionero, un espacio en el que se evalúa el trabajo hecho hasta ahora y
una ocasión propicia para planear y redireccionar esfuerzos hacia nuevas
tierras en las que el nombre de Jesucristo pueda ser glorificado. Lo
repito una vez más, sólo hay vida nueva y salvación en Cristo.
Te invitamos a que nos escribas a
pastor@elredentor.com o a
pulgarin@elredentor.com o llámanos a nuestras oficinas en
Vancouver, BC, Canadá, al teléfono: 604.659.4225. Bendiciones.
*Carlos Pulgarín cursa Estudios Bíblicos y de Teología en Río Grande
Bible Institute (Edinburg, Texas). Fue Asistente General del Tabernáculo
Bíblico Bautista El Redentor y maestro de Escuela Dominical de la misma
iglesia, ex director y cofundador del periódico La Palabra y colaborador
de Radio Bautista (Vancouver, BC, Canadá). Es licenciado en Comunicación
Social y Periodismo (Colombia), trabajó por más de 10 años en diferentes
diarios de Latinoamérica. |
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