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Y ese ha sido el himno de victoria de esta mujer de Dios, su estandarte
de combate. “Caminar con Cristo no es una experiencia de un día, caminar
con Cristo es vivir en comunión con Él, depender de Él, servirle
completamente y sin reservas. Dios pone la agenda nosotros le
obedecemos”, afirma sin titubeos.
Un
misionero debe tener como meta conocer a Dios. “Cada día al levantarme
de mi cama yo tengo la necesidad de encomendar mi vida al Señor, de
manera que Él dirija y tome el control de cada paso. Al final de la
noche hago un repaso, una evaluación de todo lo que ha sucedido. Esto me
sirve para pedir perdón y tratar de enmendar los errores”, explica la
doctora Barsness, fundadora de Cross Training Global, quien estuvo
recientemente en Rio Grande Bible Institute, en Edinburg, Texas.
Cuando una persona empieza a tener una sensibilidad diaria hacia el
Señor Jesús, entonces el próximo paso es el paso correcto. Es un caminar
con Cristo en todos los eventos de la vida, en las cosas sencillas y
también en las grandes. “Es necesario que desarrollemos esa sensibilidad
hacia el Espíritu Santo, porque es muy fácil que como creyentes pasemos
un día sin pensar en Él.
En la mente de Dios, en su forma de concebir las cosas no había
diferencia entre discípulo y creyente. “Yo creo –afirma-- que Jesús
pensaba que un creyente era un discípulo”. Pero en nuestros tiempos
existe una diferencia bien marcada entre lo que es un creyente y lo que
es un discípulo”.
Con su buen español, Jean continúa diciendo: “Un discípulo no solamente
está dispuesto a dejar todo, no solamente está dispuesto a morir, sino
que además se sumerge completamente en la Palabra. En medio de nuestra
cultura, tenemos la tentación de usar las cuatro leyes espirituales,
poner el nombre de la persona que aceptó a Cristo en las estadísticas de
la iglesia y ya. Cuando yo trabajaba en Panamá le preguntaba a las
personas que querían aceptar al Señor: ¿has pensado bien en esto, en el
paso que vas a dar? Yo creo que nosotros como líderes tenemos, en parte,
la culpa, pues hay mucha gente que no entiende lo que es ser un
discípulo”.
Jean aceptó al Señor Jesús a los 15 años (1949), mientras asistía a un
campamento en Saskatchewan (Canadá). Sus padres eran cristianos,
irlandeses. Ella había sido criada en un ambiente piadoso, pero en
contraste desde los cinco años sentía un vacío espiritual en su corazón
que día a día aumentaba. Este temor, recuerda, estaba representado en el
miedo a la muerte, en la soledad que sentía. Sumergida en su propia
independencia, cada vez se aislaba más.
En medio de todo este miedo, Dios estaba tocando su vida y Jean atribuye
este mover del Señor como la respuesta a las oraciones de sus padres
(¡qué importante es que los padres intercedan por sus hijos!). Ella
tiene imágenes muy vívidas de cómo entregó su vida a Jesús, fue para un
mes de junio, recuerda, y ya en septiembre estaba asistiendo a una
escuela de secundaria cristiana, sumergida en un contexto piadoso,
capillas todos los días por la mañana, estudios bíblicos, vida de
oración.
Luego de terminar la secundaria, y mientras se decidía a estudiar
enfermería en la universidad, por un año estuvo asistiendo a una
institución educativa cristiana, para “matar el tiempo”, como ella misma
dice. A sus 19 años estaba convencida que quería servirle a Dios costara
lo que costara, pero no sabía cómo exactamente. Durante ese tiempo, el
Espíritu Santo usó a misioneros que estuvieron visitando a los
estudiantes y contándoles las historias maravillosas que el Omnipotente
estaba haciendo en las naciones. “Ese día –sostiene-- yo le dije al
Señor, estoy dispuesta”. Luego de estudiar por tres años más en ese
lugar estaba lista para ir a las misiones.
Jean se queda con la mirada fija en un punto imaginario, mientras trae
recuerdos a su memoria, luego retoma el diálogo para decir: “Ahora que
pienso un poco en eso, yo no fui una misionera al llegar a Panamá. En
realidad yo fui una misionera desde el mismo momento en que en Canadá le
dije al Señor: ‘Heme aquí, yo quiero ser tu sierva, úsame donde Tú
quieras’. Desde ese momento yo le había cedido mis derechos a Dios y Él
podía decirme a dónde me quería enviar”. Ahora, Jean estaba lista para
seguir los pasos del Maestro, Jesucristo.
En 1955 viajó a Panamá, con el apoyo económico que recibía de amigos y
personas que le conocían. No tenía el respaldo de una iglesia debido a
que en el lugar donde vivía en Canadá no había una congregación
evangélica en inglés, la que existía era en alemán.
Por 20 años estuvo sirviéndole al Señor en Panamá. El desenlace de su
misión en ese país fue triste, su esposo fue secuestrado y hallado
muerto días más tarde con signos de tortura. En medio del dolor que
produce una tragedia de esta naturaleza, Jean viajó con sus hijos a
Ecuador, pero Dios no les permitió quedarse allí. En sus planes estaba,
entonces, ir a Canadá por tres meses para luego regresar a Suramérica.
Dios tenía otro plan para ella: regresar a Norteamérica. En estos
momentos ya tiene 26 años viviendo de nuevo en Canadá.
En esta nueva etapa, aprovechando toda su experiencia y conocimiento, el
Señor la usó como instrumento útil para ayudar a preparar y animar a
jóvenes que quieren servirle a Dios en el ministerio. Su viudez duró
cinco años, pues Dios puso en su camino a un hombre temeroso y dispuesto
a acompañarla. Uno de sus hijos ha servido por 12 años en Mongolia y
ahora está aprendiendo árabe para poder presentar el evangelio en el
mundo musulmán.
Ocho años atrás, Jean viajó a Vancouver, British Columbia, y mientras
estaba en esa linda ciudad de Canadá conoció a un líder con el que
compartió la visión de desarrollar un programa para preparar bien a
personas que quieran comprometer su vida en el campo misionero. Hace
cuatro años comenzaron en Calgary, Alberta, una escuela con un programa
de un año que busca ayudar y equipar a los nuevos misioneros para
traspasar las barreras culturales. En una preparación personal, cara a
cara, en el que el programa es mediante el sistema de mentores, Cross
Training Global está cumpliendo con éxito su misión (www.crosstraining.ca).
La zarza continúa ardiendo. Dios sigue llamando a hombres y mujeres
dispuestos a ceder todos sus derechos, tú puedes ser uno de ellos.
Te invitamos a que nos escribas a
pastor@elredentor.com o a
pulgarin@elredentor.com o llámanos a nuestras oficinas en
Vancouver, BC, Canadá, al teléfono: 604.659.4225. Bendiciones.
*Carlos Pulgarín cursa Estudios Bíblicos y de Teología en Río Grande
Bible Institute (Edinburg, Texas), es consejero de reclutamiento en esa
misma institución y colaborador de Radio Esperanza. Fue Asistente
General del Tabernáculo Bíblico Bautista El Redentor y maestro de
Escuela Dominical de esa iglesia, ex director y cofundador del periódico
La Palabra y colaborador de Radio Bautista (Vancouver, BC, Canadá). Es
licenciado en Comunicación Social y Periodismo (Colombia), trabajó por
más de 10 años en diferentes diarios de Latinoamérica. |