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Hechos y Crónicas - semana de diciembre 27 - enero 2, 2006
Iglesia Bautista - Vancouver Canada
Dime qué voz oyes y te diré quién eres
Por Carlos Pulgarín*
pulgarin@elredentor.com

Eran las cuatro de la tarde de un 20 de julio cuando, diez años atrás, después de una larga espera, me dejaron ingresar a una pequeña sala de interrogatorios de la cárcel. Mi trabajo periodístico consistía en saber por qué este hombre, de unos 45 años, gafas de intelectual, y cara bonachona había asesinado a una decena de mujeres. Era un asesino en serie al que la policía, tras largos años de cacería, había logrado capturar.
Mi primera pregunta fue directa. ¿Es usted el asesino de las 10 mujeres? El hombre no respondió nada. Su mirada permanecía fija en algún punto imaginario. Hice una nueva pregunta, ¿y por qué las mató? Él posó su mirada en mí y con los ojos desorbitados dijo: “él me ordenó que las matara”, se frotó las manos, se levantó de un salto de la desgastada silla de madera y agregó: “Yo solo escuché la voz y obedecí... ellas eran unas mujeres malas y merecían morir”.

No es la primera vez que le preguntan a alguien que ha cometido un asesinato la razón por la cual lo hizo y responde algo parecido. La gente escucha voces extrañas. En la calle bulliciosa, en la soledad de la casa, en el ajetreo del trabajo, en el lugar de estudio... en cualquier lugar, a cualquier hora, en cualquier circunstancia la gente escucha voces, unas veces son imaginarias.... pero otras veces, suelen ser voces muy reales.

Y usted, ¿qué voz escucha? ¿Quién le susurra ideas o le da órdenes? ¿O qué voz es la que gobierna su vida? Al evaluar el año que termina, puede preguntarse a qué voz ha estado obedeciendo. ¿El bullicio de las festividades del fin de año, lo dejan escuchar la voz de Dios?

Pero qué nos dice la voz del mundo, la voz de las circunstancias, y qué es lo que nos dice la voz de Dios. Leyendo Génesis 2: 16-17 podemos ver un ejemplo: “Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; más del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás”.

Pero la voz del Príncipe de las tinieblas decía algo muy distinto. “Entonces la serpiente dijo a la mujer: no moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal (Gn. 3: 4-5)”.

A esta altura de la lectura alguien podría pensar: “Y usted todavía cree en esas cosas del Edén. Todavía lo tienen asustado con el cuentecito de Dios”. El Salmo 14, en el versículo 1 nos muestra una realidad: “Dice el necio en su corazón no hay Dios”. ¿Quién dice no hay Dios? El necio, sostiene la Biblia. Y usted ya sabe cuál es el final de la gente necia. Porque hay caminos que al hombre parecen rectos, pero su final es camino de perdición. Sin embargo, obedecer la voz de Dios nos garantiza el éxito y la consecución de las metas que nos hemos propuesto para el 2006. Poner nuestras vidas, nuestras familias, nuestras finanzas, nuestro trabajo y nuestro proyecto de vida en las manos del Señor nos dará la victoria en este nuevo año. La obediencia es la clave para que las bendiciones del cielo lleguen en abundancia.

Orar es dialogar con Dios, y en un diálogo franco y sincero intervienen dos personas o interlocutores. Dios le escucha mientras usted habla, pero Él quiere que usted afine su oído, que preste atención a lo que tiene para decirle. Dios habla, y la Palabra de Dios penetra los corazones, la Palabra es viva, es eficaz y más cortante que espada de dos filos.

¿Y cómo nos habla Dios? Bueno, Él usa varios canales para comunicarse con nosotros: nos habla a través de su Palabra, nos habla a través de su Espíritu Santo, y nos habla, también, a través de las personas y de las circunstancias.

Si Dios tiene una intención determinada para comunicarse con nosotros, ¿qué sucede cuando no le escuchamos? Podemos encontrar la respuesta al comienzo de la Biblia, en el relato sobre Adán y Eva. Sabemos que Dios le habló con mucha claridad al primer hombre (Gn. 2:16, 17), ordenándole que no comiera del árbol del conocimiento del bien y del mal. Ellos entendieron perfectamente (Gn. 3:2, 3), pero no obedecieron. Su desobediencia marca el comienzo del problema del pecado del hombre, que ha afligido a la raza humana a través de la historia.
 
Toda persona que nació después de la caída, con la sola excepción del Señor Jesucristo, llega a este mundo con una naturaleza pecaminosa que tuvo su origen en Adán. Eso significa que usted y yo jamás hemos conocido a una persona que sea perfecta. Todo pecado, dolor, sufrimiento, derramamiento de sangre, guerra y violencia, tienen su origen en el huerto del Edén.

Y es que Dios está hablando constantemente a cada uno de nosotros. El quiere darnos vida y vida en abundancia, como dice la Biblia en el evangelio de San Juan, capítulo 10 y versículo 10, pero Satanás no se ha quedado de brazos cruzados, y al igual que en el huerto del Edén el viene a hurtar, matar y destruir. En este momento él (Santanás) puede estar hurtando su paz, matando su hogar y destruyendo su vida. Pero que bueno que Jesucristo vino para deshacer las obras de Satanás y el León de Judá ya venció en la cruz.

Nosotros podemos escoger qué voz escuchar, si la dulce voz del maestro, que en su infinito amor quiere lo mejor para nuestras vidas, y que con su muerte en la cruz nos regaló salvación y vida eterna, o la voz del bullicio, de las filosofías de hombres, de los vientos de doctrina, la voz de las modas y tendencias del mundo moderno, las voces del grupo de amigos, de la televisión. Estimados hermanos en Cristo, estimado amigo y amiga, podríamos parafrasear un viejo refrán diciendo: Dime qué voz escuchas y te diré quién eres.

Muchas veces, como en el caso del asesino en serie que entrevisté en la cárcel o el caso de Eva en el huerto del Edén, terminamos escuchando las voces equivocadas.

Si usted jamás ha confiado en Jesucristo como su Salvador personal, está tan desvalido como lo estuvieron Adán y Eva. La única manera posible de que sus pecados sean perdonados, es viniendo a la Cruz, donde murió Jesucristo. El perdón de nuestros pecados es solamente por la gracia de Dios Todopoderoso.

*Carlos Pulgarín es maestro de Escuela Dominical del Tabernáculo Bíblico Bautista El Redentor (Vancouver, BC, Canadá), licenciado en Comunicación Social y Periodismo, ex director y cofundador del periódico La Palabra y colaborador de Radio Bautista. También ejerció el periodismo por más de 10 años en diferentes diarios de Latinoamérica.
 
 
 
 
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