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Simón el fariseo

Febrero 08, 2026 – 2:00PM | Lucas 7:36-50 | Dr. David Rodríguez

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Etiquetas: febrero 2026, lucas, pastor david rodriguez, transcripcion

TRANSCRIPCIÓN

Vamos a abrir la palabra del Señor en el Evangelio según San Lucas, capítulo 7. He titulado al mensaje de esta hora: Simón el fariseo. 

Este Simón es diferente de Simón Pedro, por supuesto. El nombre Simón era bien común en aquel entonces. Hay otro Simón que aparece en Marcos y en Mateo, que es Simón el leproso. Pero Simón el leproso vivía en Betania, a unos minutitos de Jerusalén.

Lucas 7: 36-39 (RVR1960): 36 Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa. 37 Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; 38 y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume. 39 Cuando vio esto el fariseo que le había convidado, dijo para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora.

Vamos a pedir la bendición del Señor: Padre, pedimos que nos hables al corazón. Espíritu Santo de Dios ministra nuestras vidas. Señor, queremos exponernos ante la verdad de tu palabra, te rogamos que podamos prestar la atención necesaria, y que el discernimiento del cielo pueda venir a nuestras almas. En el nombre de Jesús te lo pedimos. Amén.

Jesús nació en un tiempo de una gran proliferación de fariseos, de escribas. Los fariseos eran los doctores de la ley en aquel entonces, gente muy respetada, gente muy educada, pero al mismo tiempo, personas muy hipócritas. De acuerdo a lo que el Señor Jesucristo menciona en Mateo 5 y otros pasajes, eran personas que fingían lo que no eran. Eran personas que se creían más santos que los demás. Personas que viven para juzgar. Y, además de eso, les encantaba ser alabados y vistos por los hombres. 

En esta oportunidad, el pasaje que hemos leído tiene a Jesús, que es invitado por este fariseo; quien le ruega que venga a comer con él, y Jesús accede a comer con este fariseo. Una pregunta válida sería: ¿por qué fue a comer a la casa de un hipócrita? La respuesta es muy sencilla: Porque Jesús no hace acepción de personas. Mientras comían en la casa de Simón el fariseo, sucedió un incidente. Una mujer pecadora —se cree que era prostituta— entró llorando con un frasco de perfume. Con sus lágrimas regó sus pies, los enjugaba con sus cabellos, besaba sus pies y los ungía con el perfume. Mucho se ha discutido: ¿cómo es posible que entrara esta mujer? Algunos han tratado de dar explicaciones diciendo que las casas en aquel entonces no eran tan grandes, eran muy pequeñas, y que lo más seguro es que este incidente sucediera en la parte de afuera de la casa. La mujer vio que ahí estaba Jesús y decidió entrar. Una cosa que sí debemos tener bien clara es lo siguiente: para los fariseos de aquel entonces, esta era una situación completamente fuera de control, porque los fariseos veían a los pecadores como menos. Los fariseos se consideraban personas tan santas por el conocimiento que tenían, que veían a las demás personas como gente contaminada. Y un fariseo no se podía contaminar. Es decir, si Jesús no hubiera estado en la casa de Simón el fariseo, esta mujer pecadora jamás en la vida se hubiera atrevido a acercarse a la casa de un religioso.

Muchos han tratado de pintar lo que es la última cena, y ponen una mesa normal como la que nosotros conocemos. Las mesas en aquellos tiempos no eran así. La gente se sentaba en el piso, con los pies hacia atrás, y así es como ellos estaban acostumbrados. Es por eso que la mujer aparece por detrás de Jesús, y le riega sus pies con lágrimas, los enjugaba con sus cabellos, besaba sus pies y los ungía con el perfume. 

Este fariseo, Simón, vio lo que estaba sucediendo y creó un concepto acerca de Jesús por lo que él estaba viendo. ¿Cuál fue el concepto que creó este fariseo? Este hombre no es profeta. Porque si fuera profeta, Él sabría qué tipo de mujer es esta que lo está tocando. Es decir, para Simón el fariseo, esta mujer no merecía la gracia de Dios. Esta mujer era una pecadora. (Esta mujer no era María, la hermana de Marta, como algunas personas mencionan, ese es otro pasaje de la escritura). Esto sucedió en Capernaúm, allá cerca del mar de Galilea. Lo que sucedió en casa de Marta fue en Betania. Otros han dicho que a lo mejor esta era María Magdalena, ¿verdad? Pero no hay nada que nos indique esto. 

Qué curioso que este fariseo vio a la mujer pecadora y la menospreció. Se creyó más santo que esta mujer. Pensó que Jesús no era profeta porque había aceptado el perfume que había traído una mujer cualquiera, una mujer pecadora. Eso no podría ser. Fíjate: es tan fariseo y tan hipócrita que solo lo pensó, no lo dijo. ¿Qué pudo haber hecho? Decir: Mira Señor Jesús, te voy a decir lo que estoy pensando. Para mí, esto … y lo otro. Pero no, no lo hizo de esa manera. 

Es un asunto serio que nosotros creamos que podemos decidir quién puede entrar al cielo y quién no. Es un problema serio cuando nos creemos superiores a los demás. ¡Bendito sea Dios que Jesús no piensa como este fariseo! Porque si para ir al cielo, tuviera que ser bajo las normas del fariseo, estamos bien embarcados, la verdad. ¿Por qué ese tipo de pensamiento? Por la ley de Moisés. La gente estaba acostumbrada a la ley de Moisés, y la ley no era mala. Lo que pasa es que la ley solo sirve para señalar (si le podemos llamar problema o debilidad a la ley de Moisés), pero no transforma el corazón. Igual que hoy en día, ¿verdad? Usted va en una carretera de 80, usted va a 120, el policía lo para y le pone su ticket, lo castiga por lo que usted hizo, pero usted está expuesto a volver a cometer el mismo error cualquier otro día. La ley de Moisés decía que teníamos que pagar ojo por ojo, diente por diente. Es decir, la ley te castiga, pero no te corrige. En la ley de Moisés no había espacio para la gracia, no había espacio para la misericordia. Imagínese: la ley decía que el que adorara a otros dioses que no fuera Jehová debía morir. La ley decía que el hijo contumaz y rebelde debía morir. El que consultaba adivinos debía morir. El hombre, o la mujer, que fuera encontrado en adulterio debía morir. El que golpeaba o maldecía a los padres debía morir. El día de reposo, el que lo profanare, de cierto morirá. Cualquiera que hiciere obra alguna en el día de reposo, de cierto morirá; aquella persona será cortada de su pueblo. Es decir, la ley no tiene espacio para la empatía, para la gracia, ni para la misericordia. Este es el gran problema con el legalismo, el gran daño que el legalismo ha ocasionado, los extremos siempre son dañinos. No podemos tampoco hacer de la gracia un libertinaje, pero es el Espíritu Santo quien te indica qué es bueno y qué es malo. Solo es cuestión de paciencia. Yo no soy el Espíritu Santo para cambiar a nadie, usted tiene que hacerle caso a lo que el Espíritu de Dios le indique. Y si usted sabe que lo que está viviendo está mal, pues cámbielo. Pero si usted cree que la manera como está viviendo es la correcta, la mejor, créame: va a pagar las consecuencias. Usted va a caer dentro de aquel grupo de aquellas personas que le van a decir: -Señor, Señor, yo estuve en la iglesia 40 años. Y ¿qué les dirá el Señor Jesús?: -Sí, pero nunca me conociste de verdad, porque tú pensaste que tu manera de vivir era la correcta.

A veces me pregunto, ¿qué Biblia leen algunas personas? Hay quienes creen que la salvación Dios se la da al cumplimiento estricto de ciertas normas. Por ejemplo: -Si usted no se viste como yo digo, usted no es salvo. Yo crecí en ese mundo, en la iglesia donde yo conocí a Cristo. Fíjate que le comentaba a unos hermanos que mi hijo Timy, ¿verdad?, se deja crecer el pelo un poquito largo. Y en más de alguna oportunidad, mi esposa le ha dicho: -Córtate ese cabello. Y yo le digo: Ay, déjalo. ¿Y sabes por qué? Porque a mí nunca me dejaron. Yo a los 17 años entré al evangelio, y me dijeron que era pecado tener el pelo largo. Cuando usted iba a comprar un pantalón en mi país, en El Salvador, usted tenía que asegurarse que tuviera las dos bolsas (bolsillos) atrás, porque si tenía solo una, usted era homosexual. Así, así me enseñaron. A mí me dijeron que ir al cine era pecado.

Era un problema serio lo que había en los tiempos de Jesús, y en los tiempos de Pablo también; porque ellos venían acostumbrados a que para poder ser parte de los judíos es necesario circuncidarse, pero viene Jesucristo y nos trae su gracia, nos trae su misericordia. Pero había quien decía: -No, no basta la gracia del Señor. Hay que circuncidarse también. Y entonces, ¿en qué quedamos? ¿Nos quedamos como judíos? Somos creyentes pero, ¿nos circuncidamos o no nos circuncidamos? ¿Qué es lo que haremos? ¿Hacemos una cosa o hacemos la otra? Todo esto del legalismo ha dado lugar a un gran daño, y muchas veces es un legalismo loco. En una iglesia le enseñan a las mujeres que tienen que utilizar vestidos que lleguen hasta el piso, pero no le dicen hasta dónde les debe llegar la lengua (porque son tremendas chismosas). Ah, pero vaya a verlas cómo van a criticar a personas que se visten diferente.

Yo digo: si a usted lo que le gusta es ponerse a cantar las canciones de la Paquita la del Barrio, quiere decir que el Espíritu Santo no le ha hablado todavía, o le está hablando y usted no le pone atención (que es peor todavía). ¿Por qué? Por una razón bien sencilla: la Biblia dice que somos luz en medio de las tinieblas, y la luz no se puede confundir con las tinieblas. Usted me habrá escuchado decir en este púlpito: hay lugares donde un cristiano no cabe. Dios nos habla al corazón. Y cada quien tiene su relación con Dios. Y digo: si leemos la palabra de Dios, el Espíritu Santo te va a indicar qué es bueno y qué es malo, lo que funciona y lo que no funciona, lo que agrada a Dios y lo que le desagrada. Y hay una cosa bien sencilla también (1 Juan 2: 15): No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él.

El legalismo exige una obediencia perfecta, es decir, de acuerdo al legalismo usted tiene que caminar de una manera y no hay espacio para el error, y no existe tal cosa, nadie puede obedecer de una manera perfecta. Nadie. Causa mucho daño ese código estricto de conducta: de cómo se tienen que hacer las cosas, cómo esto, cómo lo otro, cómo aquí, cómo allá. Hay gente que piensa que nuestra aceptación ante Dios no se basa en la justicia de Cristo, sino en nuestra habilidad para cumplir la ley. Y déjeme decirle hermano que es la justicia de Jesucristo, la que ha sido puesta en nuestros corazones. Yo soy salvo por la justicia de Cristo, por eso soy salvo y por eso es salvo también usted: por la justicia del Señor. Yo entiendo que muchas veces influye la cultura en cómo juzgamos, cómo esto, cómo lo otro, cómo aquí, cómo allá; pero pienso que eso causa mucho daño en el cuerpo de Cristo. ¿Me explico? 

Usted viene a la iglesia, nosotros le predicamos el evangelio, le predicamos a Jesucristo, le decimos: -Mire, hermano, esto es lo que a Dios le agrada; esto a Dios no le agrada. Haga esto si usted quiere hacer las cosas bien. Si usted espera un milagro del Señor, usted debería de hacer esto. Si usted quiere seguir viviendo de esa manera, va a ser bien difícil que el Señor le conteste, porque ese tipo de vivir le está alejando del Señor-. Y a eso venimos a la iglesia: usted escucha todas estas cosas. Pero si al salir de aquí usted sigue viviendo su vida como usted quiere, mi hermano, el Señor no tendrá que ver con usted. 

Todo se trata de obediencia, se trata de obediencia. Yo tengo un sermón que lo predico en muchos lugares a los que voy, que se llama: ¿Cómo sorprender a Dios? Yo le digo: A Dios se sorprende obedeciéndolo. Solo así se sorprende a Dios, obedeciéndolo. Nuestro dinero no sorprende a Dios, usted podrá venir con la ofrenda más grande este día que a Dios, eso no le sorprende porque es el dueño de todo. Pero cuando nosotros, con un corazón duro, con ese pie que se quiere ir al mundo, cuando usted tiene problemas con su esposa y en oración le dice al Señor: -Dios mío, ilumínala o elimínala-. Pero, en lugar de ese deseo que usted tiene con su esposo, usted dice: -No, yo le prometí a Dios que la voy a amar, usted sorprende al Señor. Yo entiendo, por la palabra del Señor, que amar a la esposa no es una recompensa porque ella se porte bien conmigo; es un mandamiento (Efesios 5: 25): Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella. (Colosenses 3: 19) Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Entonces, a usted todas estas cosas le tocan el alma, le tocan el corazón, y usted dice: -Bueno, mi amor, ¿quieres que te prepare el cafecito? Y la mujer dice: ¿Estás enfermo? No, es que la palabra dice que te debo de amar. Cuando usted sorprende a Dios con esa obediencia, las cosas cambian.

La gracia de Jesús tiene que ver con empatía, con misericordia, con un brazo extendido para ayudar. Si nosotros hubiéramos llegado a una iglesia un día y lo que hubiéramos recibido es un cachetazo por un lado y cachetazo por el otro, ¿quién sabe qué hubiera quedado? Y hay ciertas cosas que son difíciles, que son complicadas a veces, y nos cuesta aceptarlas, porque esa culturización es la que nos metieron a nosotros en la cabeza, porque así crecimos en nuestro hogar, y entonces cualquier otra cosa que nosotros veamos está fuera del lugar. Vemos a una persona que tiene tatuajes, ya la queremos meter dentro de un grupo: -Ay, no, yo con gente así no me meto. ¿Por qué? Si esa persona tiene un alma. Muchas veces somos bien juzgones de situaciones así, ¿verdad?, 

La gracia va en contra de la ley, del legalismo, la gracia va en contra de juzgar al hombre; al contrario, lo redime. La gracia es el evangelio de las oportunidades, hermano. Porque le digo: yo he conocido personas que llegaron al evangelio, encontraron en la iglesia cariño, en la iglesia encontraron aceptación, en la iglesia encontraron un abrazo, en la iglesia encontraron ayuda, en la iglesia encontraron personas que llegaron a tratarlos como a hijos. Y venían todos greñudos, pero cuando ellos encontraron esto y encontraron la palabra del Señor Jesucristo, sus vidas fueron transformadas. 

Hace 20 años entró aquí a la iglesia, un joven. Por esos días yo paso al púlpito y le digo a la congregación: Hermanos, me acaban de regalar una beca para estudiar teología en un seminario teológico allá en Chile. Y se me acerca una persona a hablar conmigo, y me dice: -Pastor, quisiera hablar con usted, pero en su oficina. Y cuando vamos a la oficina, me dice: -Yo estoy interesado en esa beca para estudiar, pero le quiero enseñar algo. En ese momento me enseñó los piercings que tenía por casi todo el cuerpo, y me dijo: -Pastor, esto soy yo. Pero a mí me gusta el evangelio, y poco a poco yo sé que Dios va a ir haciendo la obra. Hermano, se terminó yendo para allá, estudió y hoy está pastoreando. Obviamente es el Espíritu Santo el que te va guiando, es el Espíritu de Dios el que te va quitando ciertas costumbres, te va diciendo: -Mira, esto no luce bien, hombre. No estás dando buen testimonio con esta situación-. Pídele a Dios que te quite ese deseo de esa mundanalidad, ese deseo de estar con la gente equivocada, porque no les estás predicando el evangelio; al contrario, les estás demostrando que el Espíritu de Dios no ha hecho nada en tu corazón. Dios transforma. Dios cambia. Dios hace nuevas criaturas. Amados hermanos, esa es la gracia de Dios. Donde hay condenación, Jesucristo muestra salvación. 

La gracia es un regalo, un regalo inmerecido. Esa es la gracia de Jesús. Es por eso que Jesús recibió a la mujer que fue encontrada en el mero acto del adulterio (Juan 7-8). Y por la gracia de Jesús, cuando levantó la cabeza, le dijo: -Mujer, ¿dónde están los que te condenaban? La mujer dijo: -Ninguno, Señor. ¿Qué hubiera dicho usted? Jesucristo dijo: -Ni yo te condeno, vete y no peques más. Esa es la gracia de Jesús.

Es por eso que Jesús convivió por tres años y medio con un discípulo que Jesús sabía que al final le terminaría entregando. En la última cena, lo tenía tan cerca que dijo: -El que moja su pan conmigo, ese es el que me va a entregar. Sin embargo, por tres años y medio no vemos a Jesús diciendo algo negativo en contra de Judas.

Por eso Jesús tuvo misericordia por el ladrón en la cruz. Por eso lo acusaron de ser amigo de los publicanos y pecadores. Por eso lo acusaron de comer con ellos, sabiendo el Señor que los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos, los quebrantados de corazón, nosotros los pecadores. Por eso Jesús tuvo misericordia de nosotros. Bendito sea su nombre.

Si nosotros hubiéramos entrado a la casa de Simón el fariseo, hubiéramos sido rechazados. Simón el fariseo nos hubiera hecho creer que para nosotros no hay salvación. Simón el fariseo nos hubiera hecho creer que para poder ser salvo yo tendría que ser como él; nos hubieran sacado de esa casa. Pero Jesucristo nos recibe. Jesucristo nos extendió sus brazos. Jesucristo nos redimió.

Lucas 7: 40 (RVR1960): 40 Entonces respondiendo Jesús, le dijo: Simón, una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro. 41 Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; 42 y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más? 43 Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado. 44 Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas esta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. 45 No me diste beso; mas esta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. 46 No ungiste mi cabeza con aceite; mas esta ha ungido con perfume mis pies. 47 Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama. 48 Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados. 49 Y los que estaban juntamente sentados a la mesa, comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es este, que también perdona pecados? 50 Pero él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, ve en paz. !Wow, qué enseñanza! ¡Qué enseñanza! !Y qué gracia la de mi Jesucristo, qué gracia la de mi Salvador! ¡Qué misericordia!, por amor de Dios.

Y ese fariseo que estaba juzgando, el fariseo que creía que Jesús no era profeta, el fariseo que vio de menos a la mujer; y esa mujer salió con el perdón de Dios.

Jesús habla de la deuda, porque todos nacemos con una deuda: la deuda del pecado. Una deuda que, para nosotros los hijos de Dios, la pagó Jesucristo en la cruz. ¡Bendito sea su nombre! Es por eso que en el Padre Nuestro (Mateo 6) decimos: Perdona nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Esa es la deuda. Pero aquellas personas que piensan que le hacen un favor a Dios con venir a la iglesia, aquellas personas que piensan y dicen: -Yo, la verdad, no soy tan malo, por eso no necesito ir tanto a la iglesia. Algunos de nosotros venimos cada vez que la iglesia abre las puertas, porque reconocemos lo que Dios nos ha perdonado, la gran deuda que teníamos con Jesucristo, y Él tomó todos nuestros pecados y los clavó en la cruz del Calvario. ¡Bendito sea su santo nombre!

En este día, le mostramos a Dios gratitud. Le mostramos gratitud porque no hemos sido buenas piezas, porque hemos fallado, pero Él tuvo misericordia de nosotros. Gracias a Dios, que no importa qué tan negro haya sido nuestro pecado, que no importa cómo haya sido nuestro pasado, que no importa de dónde venimos, que no importa nuestra condición social, no importa nuestro color de piel. ¡Bendito sea el nombre de Cristo! Jesús, que tuvo misericordia de nosotros, fue a la cruz, pagó ese precio elevado de nuestros pecados, y por su gracia, un día como hoy, podemos nosotros decir que somos salvos para la gloria de nuestro Dios.

Oremos, amados: Padre querido, te damos gracias en esta hora, por tanta misericordia de tu parte Señor. Seríamos unos ingratos al menospreciar tu gracia. Sería mucha ingratitud, Señor, no pensar en tu amor, no pensar en ese día cuando volviste tus ojos de ternura hacia nosotros, sabiendo que somos viles pecadores, pero que por tu gracia y misericordia alcanzamos redención. ¡Alabado seas por siempre, Señor! ¡Bendito seas por siempre!

Mientras todos oramos: si usted nunca ha recibido a Cristo y necesita a Dios en su vida, haga esta oración conmigo, y dígale al Señor de esta manera: Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados. Te doy gracias por lo que hiciste en la cruz del Calvario. Pusiste tu cuerpo, derramaste tu sangre para mi salvación. En este día te entrego mi vida, te entrego mi corazón. 

Si usted hizo esta oración, yo quiero animarle a crecer en el conocimiento de Dios, de su Santa y Bendita palabra.

Dios les bendiga iglesia. 

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Simón el fariseo


Febrero 08, 2026 – 2:00PM | Lucas 7:36-50 | Dr. David Rodríguez

Etiquetas: febrero 2026, lucas, pastor david rodriguez, transcripcion


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TRANSCRIPCIÓN

Vamos a abrir la palabra del Señor en el Evangelio según San Lucas, capítulo 7. He titulado al mensaje de esta hora: Simón el fariseo. 

Este Simón es diferente de Simón Pedro, por supuesto. El nombre Simón era bien común en aquel entonces. Hay otro Simón que aparece en Marcos y en Mateo, que es Simón el leproso. Pero Simón el leproso vivía en Betania, a unos minutitos de Jerusalén.

Lucas 7: 36-39 (RVR1960): 36 Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa. 37 Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; 38 y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume. 39 Cuando vio esto el fariseo que le había convidado, dijo para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora.

Vamos a pedir la bendición del Señor: Padre, pedimos que nos hables al corazón. Espíritu Santo de Dios ministra nuestras vidas. Señor, queremos exponernos ante la verdad de tu palabra, te rogamos que podamos prestar la atención necesaria, y que el discernimiento del cielo pueda venir a nuestras almas. En el nombre de Jesús te lo pedimos. Amén.

Jesús nació en un tiempo de una gran proliferación de fariseos, de escribas. Los fariseos eran los doctores de la ley en aquel entonces, gente muy respetada, gente muy educada, pero al mismo tiempo, personas muy hipócritas. De acuerdo a lo que el Señor Jesucristo menciona en Mateo 5 y otros pasajes, eran personas que fingían lo que no eran. Eran personas que se creían más santos que los demás. Personas que viven para juzgar. Y, además de eso, les encantaba ser alabados y vistos por los hombres. 

En esta oportunidad, el pasaje que hemos leído tiene a Jesús, que es invitado por este fariseo; quien le ruega que venga a comer con él, y Jesús accede a comer con este fariseo. Una pregunta válida sería: ¿por qué fue a comer a la casa de un hipócrita? La respuesta es muy sencilla: Porque Jesús no hace acepción de personas. Mientras comían en la casa de Simón el fariseo, sucedió un incidente. Una mujer pecadora —se cree que era prostituta— entró llorando con un frasco de perfume. Con sus lágrimas regó sus pies, los enjugaba con sus cabellos, besaba sus pies y los ungía con el perfume. Mucho se ha discutido: ¿cómo es posible que entrara esta mujer? Algunos han tratado de dar explicaciones diciendo que las casas en aquel entonces no eran tan grandes, eran muy pequeñas, y que lo más seguro es que este incidente sucediera en la parte de afuera de la casa. La mujer vio que ahí estaba Jesús y decidió entrar. Una cosa que sí debemos tener bien clara es lo siguiente: para los fariseos de aquel entonces, esta era una situación completamente fuera de control, porque los fariseos veían a los pecadores como menos. Los fariseos se consideraban personas tan santas por el conocimiento que tenían, que veían a las demás personas como gente contaminada. Y un fariseo no se podía contaminar. Es decir, si Jesús no hubiera estado en la casa de Simón el fariseo, esta mujer pecadora jamás en la vida se hubiera atrevido a acercarse a la casa de un religioso.

Muchos han tratado de pintar lo que es la última cena, y ponen una mesa normal como la que nosotros conocemos. Las mesas en aquellos tiempos no eran así. La gente se sentaba en el piso, con los pies hacia atrás, y así es como ellos estaban acostumbrados. Es por eso que la mujer aparece por detrás de Jesús, y le riega sus pies con lágrimas, los enjugaba con sus cabellos, besaba sus pies y los ungía con el perfume. 

Este fariseo, Simón, vio lo que estaba sucediendo y creó un concepto acerca de Jesús por lo que él estaba viendo. ¿Cuál fue el concepto que creó este fariseo? Este hombre no es profeta. Porque si fuera profeta, Él sabría qué tipo de mujer es esta que lo está tocando. Es decir, para Simón el fariseo, esta mujer no merecía la gracia de Dios. Esta mujer era una pecadora. (Esta mujer no era María, la hermana de Marta, como algunas personas mencionan, ese es otro pasaje de la escritura). Esto sucedió en Capernaúm, allá cerca del mar de Galilea. Lo que sucedió en casa de Marta fue en Betania. Otros han dicho que a lo mejor esta era María Magdalena, ¿verdad? Pero no hay nada que nos indique esto. 

Qué curioso que este fariseo vio a la mujer pecadora y la menospreció. Se creyó más santo que esta mujer. Pensó que Jesús no era profeta porque había aceptado el perfume que había traído una mujer cualquiera, una mujer pecadora. Eso no podría ser. Fíjate: es tan fariseo y tan hipócrita que solo lo pensó, no lo dijo. ¿Qué pudo haber hecho? Decir: Mira Señor Jesús, te voy a decir lo que estoy pensando. Para mí, esto … y lo otro. Pero no, no lo hizo de esa manera. 

Es un asunto serio que nosotros creamos que podemos decidir quién puede entrar al cielo y quién no. Es un problema serio cuando nos creemos superiores a los demás. ¡Bendito sea Dios que Jesús no piensa como este fariseo! Porque si para ir al cielo, tuviera que ser bajo las normas del fariseo, estamos bien embarcados, la verdad. ¿Por qué ese tipo de pensamiento? Por la ley de Moisés. La gente estaba acostumbrada a la ley de Moisés, y la ley no era mala. Lo que pasa es que la ley solo sirve para señalar (si le podemos llamar problema o debilidad a la ley de Moisés), pero no transforma el corazón. Igual que hoy en día, ¿verdad? Usted va en una carretera de 80, usted va a 120, el policía lo para y le pone su ticket, lo castiga por lo que usted hizo, pero usted está expuesto a volver a cometer el mismo error cualquier otro día. La ley de Moisés decía que teníamos que pagar ojo por ojo, diente por diente. Es decir, la ley te castiga, pero no te corrige. En la ley de Moisés no había espacio para la gracia, no había espacio para la misericordia. Imagínese: la ley decía que el que adorara a otros dioses que no fuera Jehová debía morir. La ley decía que el hijo contumaz y rebelde debía morir. El que consultaba adivinos debía morir. El hombre, o la mujer, que fuera encontrado en adulterio debía morir. El que golpeaba o maldecía a los padres debía morir. El día de reposo, el que lo profanare, de cierto morirá. Cualquiera que hiciere obra alguna en el día de reposo, de cierto morirá; aquella persona será cortada de su pueblo. Es decir, la ley no tiene espacio para la empatía, para la gracia, ni para la misericordia. Este es el gran problema con el legalismo, el gran daño que el legalismo ha ocasionado, los extremos siempre son dañinos. No podemos tampoco hacer de la gracia un libertinaje, pero es el Espíritu Santo quien te indica qué es bueno y qué es malo. Solo es cuestión de paciencia. Yo no soy el Espíritu Santo para cambiar a nadie, usted tiene que hacerle caso a lo que el Espíritu de Dios le indique. Y si usted sabe que lo que está viviendo está mal, pues cámbielo. Pero si usted cree que la manera como está viviendo es la correcta, la mejor, créame: va a pagar las consecuencias. Usted va a caer dentro de aquel grupo de aquellas personas que le van a decir: -Señor, Señor, yo estuve en la iglesia 40 años. Y ¿qué les dirá el Señor Jesús?: -Sí, pero nunca me conociste de verdad, porque tú pensaste que tu manera de vivir era la correcta.

A veces me pregunto, ¿qué Biblia leen algunas personas? Hay quienes creen que la salvación Dios se la da al cumplimiento estricto de ciertas normas. Por ejemplo: -Si usted no se viste como yo digo, usted no es salvo. Yo crecí en ese mundo, en la iglesia donde yo conocí a Cristo. Fíjate que le comentaba a unos hermanos que mi hijo Timy, ¿verdad?, se deja crecer el pelo un poquito largo. Y en más de alguna oportunidad, mi esposa le ha dicho: -Córtate ese cabello. Y yo le digo: Ay, déjalo. ¿Y sabes por qué? Porque a mí nunca me dejaron. Yo a los 17 años entré al evangelio, y me dijeron que era pecado tener el pelo largo. Cuando usted iba a comprar un pantalón en mi país, en El Salvador, usted tenía que asegurarse que tuviera las dos bolsas (bolsillos) atrás, porque si tenía solo una, usted era homosexual. Así, así me enseñaron. A mí me dijeron que ir al cine era pecado.

Era un problema serio lo que había en los tiempos de Jesús, y en los tiempos de Pablo también; porque ellos venían acostumbrados a que para poder ser parte de los judíos es necesario circuncidarse, pero viene Jesucristo y nos trae su gracia, nos trae su misericordia. Pero había quien decía: -No, no basta la gracia del Señor. Hay que circuncidarse también. Y entonces, ¿en qué quedamos? ¿Nos quedamos como judíos? Somos creyentes pero, ¿nos circuncidamos o no nos circuncidamos? ¿Qué es lo que haremos? ¿Hacemos una cosa o hacemos la otra? Todo esto del legalismo ha dado lugar a un gran daño, y muchas veces es un legalismo loco. En una iglesia le enseñan a las mujeres que tienen que utilizar vestidos que lleguen hasta el piso, pero no le dicen hasta dónde les debe llegar la lengua (porque son tremendas chismosas). Ah, pero vaya a verlas cómo van a criticar a personas que se visten diferente.

Yo digo: si a usted lo que le gusta es ponerse a cantar las canciones de la Paquita la del Barrio, quiere decir que el Espíritu Santo no le ha hablado todavía, o le está hablando y usted no le pone atención (que es peor todavía). ¿Por qué? Por una razón bien sencilla: la Biblia dice que somos luz en medio de las tinieblas, y la luz no se puede confundir con las tinieblas. Usted me habrá escuchado decir en este púlpito: hay lugares donde un cristiano no cabe. Dios nos habla al corazón. Y cada quien tiene su relación con Dios. Y digo: si leemos la palabra de Dios, el Espíritu Santo te va a indicar qué es bueno y qué es malo, lo que funciona y lo que no funciona, lo que agrada a Dios y lo que le desagrada. Y hay una cosa bien sencilla también (1 Juan 2: 15): No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él.

El legalismo exige una obediencia perfecta, es decir, de acuerdo al legalismo usted tiene que caminar de una manera y no hay espacio para el error, y no existe tal cosa, nadie puede obedecer de una manera perfecta. Nadie. Causa mucho daño ese código estricto de conducta: de cómo se tienen que hacer las cosas, cómo esto, cómo lo otro, cómo aquí, cómo allá. Hay gente que piensa que nuestra aceptación ante Dios no se basa en la justicia de Cristo, sino en nuestra habilidad para cumplir la ley. Y déjeme decirle hermano que es la justicia de Jesucristo, la que ha sido puesta en nuestros corazones. Yo soy salvo por la justicia de Cristo, por eso soy salvo y por eso es salvo también usted: por la justicia del Señor. Yo entiendo que muchas veces influye la cultura en cómo juzgamos, cómo esto, cómo lo otro, cómo aquí, cómo allá; pero pienso que eso causa mucho daño en el cuerpo de Cristo. ¿Me explico? 

Usted viene a la iglesia, nosotros le predicamos el evangelio, le predicamos a Jesucristo, le decimos: -Mire, hermano, esto es lo que a Dios le agrada; esto a Dios no le agrada. Haga esto si usted quiere hacer las cosas bien. Si usted espera un milagro del Señor, usted debería de hacer esto. Si usted quiere seguir viviendo de esa manera, va a ser bien difícil que el Señor le conteste, porque ese tipo de vivir le está alejando del Señor-. Y a eso venimos a la iglesia: usted escucha todas estas cosas. Pero si al salir de aquí usted sigue viviendo su vida como usted quiere, mi hermano, el Señor no tendrá que ver con usted. 

Todo se trata de obediencia, se trata de obediencia. Yo tengo un sermón que lo predico en muchos lugares a los que voy, que se llama: ¿Cómo sorprender a Dios? Yo le digo: A Dios se sorprende obedeciéndolo. Solo así se sorprende a Dios, obedeciéndolo. Nuestro dinero no sorprende a Dios, usted podrá venir con la ofrenda más grande este día que a Dios, eso no le sorprende porque es el dueño de todo. Pero cuando nosotros, con un corazón duro, con ese pie que se quiere ir al mundo, cuando usted tiene problemas con su esposa y en oración le dice al Señor: -Dios mío, ilumínala o elimínala-. Pero, en lugar de ese deseo que usted tiene con su esposo, usted dice: -No, yo le prometí a Dios que la voy a amar, usted sorprende al Señor. Yo entiendo, por la palabra del Señor, que amar a la esposa no es una recompensa porque ella se porte bien conmigo; es un mandamiento (Efesios 5: 25): Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella. (Colosenses 3: 19) Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Entonces, a usted todas estas cosas le tocan el alma, le tocan el corazón, y usted dice: -Bueno, mi amor, ¿quieres que te prepare el cafecito? Y la mujer dice: ¿Estás enfermo? No, es que la palabra dice que te debo de amar. Cuando usted sorprende a Dios con esa obediencia, las cosas cambian.

La gracia de Jesús tiene que ver con empatía, con misericordia, con un brazo extendido para ayudar. Si nosotros hubiéramos llegado a una iglesia un día y lo que hubiéramos recibido es un cachetazo por un lado y cachetazo por el otro, ¿quién sabe qué hubiera quedado? Y hay ciertas cosas que son difíciles, que son complicadas a veces, y nos cuesta aceptarlas, porque esa culturización es la que nos metieron a nosotros en la cabeza, porque así crecimos en nuestro hogar, y entonces cualquier otra cosa que nosotros veamos está fuera del lugar. Vemos a una persona que tiene tatuajes, ya la queremos meter dentro de un grupo: -Ay, no, yo con gente así no me meto. ¿Por qué? Si esa persona tiene un alma. Muchas veces somos bien juzgones de situaciones así, ¿verdad?, 

La gracia va en contra de la ley, del legalismo, la gracia va en contra de juzgar al hombre; al contrario, lo redime. La gracia es el evangelio de las oportunidades, hermano. Porque le digo: yo he conocido personas que llegaron al evangelio, encontraron en la iglesia cariño, en la iglesia encontraron aceptación, en la iglesia encontraron un abrazo, en la iglesia encontraron ayuda, en la iglesia encontraron personas que llegaron a tratarlos como a hijos. Y venían todos greñudos, pero cuando ellos encontraron esto y encontraron la palabra del Señor Jesucristo, sus vidas fueron transformadas. 

Hace 20 años entró aquí a la iglesia, un joven. Por esos días yo paso al púlpito y le digo a la congregación: Hermanos, me acaban de regalar una beca para estudiar teología en un seminario teológico allá en Chile. Y se me acerca una persona a hablar conmigo, y me dice: -Pastor, quisiera hablar con usted, pero en su oficina. Y cuando vamos a la oficina, me dice: -Yo estoy interesado en esa beca para estudiar, pero le quiero enseñar algo. En ese momento me enseñó los piercings que tenía por casi todo el cuerpo, y me dijo: -Pastor, esto soy yo. Pero a mí me gusta el evangelio, y poco a poco yo sé que Dios va a ir haciendo la obra. Hermano, se terminó yendo para allá, estudió y hoy está pastoreando. Obviamente es el Espíritu Santo el que te va guiando, es el Espíritu de Dios el que te va quitando ciertas costumbres, te va diciendo: -Mira, esto no luce bien, hombre. No estás dando buen testimonio con esta situación-. Pídele a Dios que te quite ese deseo de esa mundanalidad, ese deseo de estar con la gente equivocada, porque no les estás predicando el evangelio; al contrario, les estás demostrando que el Espíritu de Dios no ha hecho nada en tu corazón. Dios transforma. Dios cambia. Dios hace nuevas criaturas. Amados hermanos, esa es la gracia de Dios. Donde hay condenación, Jesucristo muestra salvación. 

La gracia es un regalo, un regalo inmerecido. Esa es la gracia de Jesús. Es por eso que Jesús recibió a la mujer que fue encontrada en el mero acto del adulterio (Juan 7-8). Y por la gracia de Jesús, cuando levantó la cabeza, le dijo: -Mujer, ¿dónde están los que te condenaban? La mujer dijo: -Ninguno, Señor. ¿Qué hubiera dicho usted? Jesucristo dijo: -Ni yo te condeno, vete y no peques más. Esa es la gracia de Jesús.

Es por eso que Jesús convivió por tres años y medio con un discípulo que Jesús sabía que al final le terminaría entregando. En la última cena, lo tenía tan cerca que dijo: -El que moja su pan conmigo, ese es el que me va a entregar. Sin embargo, por tres años y medio no vemos a Jesús diciendo algo negativo en contra de Judas.

Por eso Jesús tuvo misericordia por el ladrón en la cruz. Por eso lo acusaron de ser amigo de los publicanos y pecadores. Por eso lo acusaron de comer con ellos, sabiendo el Señor que los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos, los quebrantados de corazón, nosotros los pecadores. Por eso Jesús tuvo misericordia de nosotros. Bendito sea su nombre.

Si nosotros hubiéramos entrado a la casa de Simón el fariseo, hubiéramos sido rechazados. Simón el fariseo nos hubiera hecho creer que para nosotros no hay salvación. Simón el fariseo nos hubiera hecho creer que para poder ser salvo yo tendría que ser como él; nos hubieran sacado de esa casa. Pero Jesucristo nos recibe. Jesucristo nos extendió sus brazos. Jesucristo nos redimió.

Lucas 7: 40 (RVR1960): 40 Entonces respondiendo Jesús, le dijo: Simón, una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro. 41 Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; 42 y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más? 43 Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado. 44 Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas esta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. 45 No me diste beso; mas esta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. 46 No ungiste mi cabeza con aceite; mas esta ha ungido con perfume mis pies. 47 Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama. 48 Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados. 49 Y los que estaban juntamente sentados a la mesa, comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es este, que también perdona pecados? 50 Pero él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, ve en paz. !Wow, qué enseñanza! ¡Qué enseñanza! !Y qué gracia la de mi Jesucristo, qué gracia la de mi Salvador! ¡Qué misericordia!, por amor de Dios.

Y ese fariseo que estaba juzgando, el fariseo que creía que Jesús no era profeta, el fariseo que vio de menos a la mujer; y esa mujer salió con el perdón de Dios.

Jesús habla de la deuda, porque todos nacemos con una deuda: la deuda del pecado. Una deuda que, para nosotros los hijos de Dios, la pagó Jesucristo en la cruz. ¡Bendito sea su nombre! Es por eso que en el Padre Nuestro (Mateo 6) decimos: Perdona nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Esa es la deuda. Pero aquellas personas que piensan que le hacen un favor a Dios con venir a la iglesia, aquellas personas que piensan y dicen: -Yo, la verdad, no soy tan malo, por eso no necesito ir tanto a la iglesia. Algunos de nosotros venimos cada vez que la iglesia abre las puertas, porque reconocemos lo que Dios nos ha perdonado, la gran deuda que teníamos con Jesucristo, y Él tomó todos nuestros pecados y los clavó en la cruz del Calvario. ¡Bendito sea su santo nombre!

En este día, le mostramos a Dios gratitud. Le mostramos gratitud porque no hemos sido buenas piezas, porque hemos fallado, pero Él tuvo misericordia de nosotros. Gracias a Dios, que no importa qué tan negro haya sido nuestro pecado, que no importa cómo haya sido nuestro pasado, que no importa de dónde venimos, que no importa nuestra condición social, no importa nuestro color de piel. ¡Bendito sea el nombre de Cristo! Jesús, que tuvo misericordia de nosotros, fue a la cruz, pagó ese precio elevado de nuestros pecados, y por su gracia, un día como hoy, podemos nosotros decir que somos salvos para la gloria de nuestro Dios.

Oremos, amados: Padre querido, te damos gracias en esta hora, por tanta misericordia de tu parte Señor. Seríamos unos ingratos al menospreciar tu gracia. Sería mucha ingratitud, Señor, no pensar en tu amor, no pensar en ese día cuando volviste tus ojos de ternura hacia nosotros, sabiendo que somos viles pecadores, pero que por tu gracia y misericordia alcanzamos redención. ¡Alabado seas por siempre, Señor! ¡Bendito seas por siempre!

Mientras todos oramos: si usted nunca ha recibido a Cristo y necesita a Dios en su vida, haga esta oración conmigo, y dígale al Señor de esta manera: Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados. Te doy gracias por lo que hiciste en la cruz del Calvario. Pusiste tu cuerpo, derramaste tu sangre para mi salvación. En este día te entrego mi vida, te entrego mi corazón. 

Si usted hizo esta oración, yo quiero animarle a crecer en el conocimiento de Dios, de su Santa y Bendita palabra.

Dios les bendiga iglesia. 

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