¿Nuestro corazón en la ley o en la gracia?

Diana Vargas
Hna. Diana Vargas
ENERO 2021

En el antiguo testamento primaban las obras y el cumplimiento de la ley. El diezmo y las primicias eran obligatorias. Los primeros frutos de las cosechas y diezmos de las ganancias debían ser llevadas al templo.

Entonces tomarás de las primicias de todos los frutos de la tierra, que sacares de tu tierra que el SEÑOR tu Dios te da, y lo pondrás en un canastillo, e irás al lugar que el SEÑOR tu Dios escogiere para hacer habitar allí su nombre – Deuteronomio 26:2

El imperio Romano gobernaba y algunos judíos (los publicanos) recolectaban impuestos de su propia gente siendo despreciados por el pueblo y los doctores de la ley.
En Lucas 18 Jesús relata una parábola en la que dos hombres se acercan al templo para orar.

El fariseo mientras oraba decía: “Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano.”
Por su parte, el publicano estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador -Lucas 18: 11-13.

Para el fariseo su estándar de justicia eran las otras personas. Sin embargo, el publicano sabía en su corazón que el estándar de justicia es Dios mismo y conocía su condición de pecado. Su única esperanza era la Gracia del Señor. Esta parábola revela el corazón del hombre en dos perspectivas que pueden ser aplicadas en nuestra actualidad cuando revisamos temas tan sensibles como los diezmos, primicias y ofrendas.
Si elegimos la posición del fariseo podríamos cuestionar lo que nuestros hermanos hacen, la cantidad que ofrendan, la frecuencia con que lo hacen, el uso del dinero por parte de la Iglesia y por supuesto iríamos a los textos para verificar que este mandato corresponde al antiguo testamento, para finalmente elegir por cierto que tales obligaciones no tienen validez en estos tiempos. Si por otro lado tomáramos la posición del publicano, tendríamos un corazón quebrantado y sensible al reconocimiento de nuestro pecado.
Estaríamos avergonzados y necesitado de la Gracia y la misericordia del Señor. Seguramente en nuestro corazón estaría la certeza de que, de Él, por Él y para Él son todas las cosas y que solo a Él debe ser dada la gloria para siempre. Romanos 11:36. Las implicaciones de esto guiarían nuestra vida a no escatimar en retribuir con gozo y bondad de lo que es suyo para el avance de su reino.

Jesús concluye esta parábola diciendo: “Os digo que éste (el publicano) descendió a su casa justificado antes que el otro (el fariseo); porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido. Lucas 18:14.

Amados hermanos: Roguemos al Señor para que nuestro corazón no sea hallado en la ley. Por el contrario, que su Gracia nos revele que Él nos ha dado el privilegio de ser parte de su obra, para que, así como un día fuimos alcanzados con sus buenas noticias, nosotros en agradecimiento a Él podamos hacer lo mismo por otras almas. Que nuestro corazón sea transformado a generosidad y fidelidad por el evangelio de Cristo.

Dios, que da la semilla que se siembra y el alimento que se come, les dará a ustedes todo lo necesario para su siembra, y la hará crecer, y hará que la generosidad de ustedes produzca una gran cosecha. Así tendrán ustedes toda clase de riquezas y podrán dar generosamente. Y la colecta que ustedes envíen por medio de nosotros, será motivo de que los hermanos den gracias  a Dios. Porque al llevar esta ayuda a los hermanos, no solamente les llevamos lo que les haga falta, sino que también los movemos a dar muchas  gracias a Dios.  

Y ellos alabarán a Dios, pues esta ayuda les demostrará que ustedes obedecen al evangelio que profesan, al evangelio de Cristo. También ellos honrarán a Dios por la generosa contribución de ustedes para ellos y para todos.  Y además orarán por ustedes con mucho cariño, por la gran bondad que Dios les ha mostrado a ustedes.  ¡Gracias a Dios, porque nos ha hecho un regalo tan grande que no tenemos palabras para expresarlo! – 2 Corintios 9:10-15